
El 2 de abril se convirtió en una fecha clave para la economía mexicana. En un contexto internacional marcado por tensiones comerciales, el presidente estadounidense Donald Trump, en su estilo habitual de confrontación y chantaje, anunció un nuevo paquete de aranceles globales. Esta vez, sin embargo, México no apareció en la temida lista. De manera sorpresiva —y también estratégica— nuestro país evitó los embates del proteccionismo estadounidense. ¿Cómo lo logramos? ¿Qué significa este logro para México? ¿Y hacia dónde debemos caminar?
La respuesta debe partir de una palabra que Trump ha calificado como “la más bella del mundo”: arancel. Etimológicamente viene del árabe alinzāl, y su uso en el comercio internacional es tan viejo como las rutas de la seda. Sin embargo, cuando un líder como Trump la pronuncia con entusiasmo, no se trata de un tecnicismo económico, sino de una amenaza geopolítica. Un arancel es más que un impuesto: es una declaración de guerra comercial en tiempos de paz.
Al anunciar sus nuevos aranceles, Trump impuso tarifas a productos de países europeos, asiáticos, africanos y latinoamericanos, dejando fuera a México y Canadá. Este hecho permite dos interpretaciones posibles: la primera, que ambos países fueron los más favorecidos; la segunda, que fueron los menos perjudicados. En cualquier caso, lo relevante es que el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC) fue el salvavidas que nos mantuvo a flote mientras otros se hundían en las turbulentas aguas de la guerra comercial.
Para México, el resultado es positivo en varios frentes. En primer lugar, se evitó la imposición de aranceles recíprocos que habrían puesto en riesgo sectores enteros de la economía nacional, desde el automotriz hasta el agrícola. En segundo lugar, se mantuvo en operación la vía de diálogo y cooperación con Estados Unidos, un canal que la presidenta Claudia Sheinbaum ha sabido manejar con inteligencia política, tacto diplomático y visión estratégica.
Resulta sorprendente —pero no menos cierto— que quien ha logrado una mejor relación con Donald Trump no fue un político republicano ni un jefe de Estado europeo, sino la presidenta de México. Claudia Sheinbaum ha consolidado un entendimiento pragmático con el presidente estadunidense, basado en la estabilidad, la cooperación en temas críticos como migración y fentanilo, y, sobre todo, la vigencia del TMEC.
Esto representa un giro notable respecto a lo vivido en sexenios anteriores. Sheinbaum ha asumido una postura firme, pero diplomática, que da prioridad a los intereses nacionales sin caer en la sumisión ni en la confrontación inútil.
Este contexto, sin embargo, no está exento de riesgos. El primero es el carácter volátil del propio Trump. Si algo ha demostrado a lo largo de su carrera política es que sus decisiones no siempre siguen una lógica institucional o racional, sino que obedecen a impulsos personales o a coyunturas electorales. Hoy nos libra de aranceles; mañana podría intentar imponerlos de nuevo.
El segundo riesgo es la guerra comercial que ha desatado contra Europa y Asia. Esta confrontación global puede generar efectos adversos para México, como la desaceleración del comercio internacional, la inestabilidad de los mercados financieros y una mayor incertidumbre en las cadenas de suministro.
El tercer riesgo es el tiempo. El proteccionismo de Trump tiene un horizonte de menos de cuatro años. En ese lapso, no se puede construir una arquitectura económica global sólida. Se pueden obtener ventajas tácticas, sí, pero no estrategias de largo plazo. Por eso, México debe pensar más allá de los ciclos presidenciales y construir una política industrial duradera.
Pero donde hay riesgos, también hay oportunidades. Y México está en una posición privilegiada para aprovecharlas.
La primera oportunidad es consolidar el TMEC como el motor económico de América del Norte. No se trata solo de un tratado de libre comercio, sino de un acuerdo de integración económica. Claudia Sheinbaum ha hecho una distinción crucial: el viejo TLCAN, firmado por Carlos Salinas en 1994, fue una plataforma de apertura comercial; el nuevo TMEC, acordado por López Obrador y Trump, es una plataforma de soberanía compartida. Es el momento de fortalecer esta alianza.
Para ello, es indispensable reforzar la producción nacional. México tiene dos ventajas estructurales que pocos países pueden igualar: la cercanía geográfica con Estados Unidos y una mano de obra competitiva. Eso hace de nuestro país un destino atractivo para la relocalización industrial, en el contexto del nearshoring. Pero para aprovechar esa oportunidad, se requiere inversión pública eficiente, combate a la corrupción y eliminación de la burocracia que entorpece el crecimiento económico.
En esta nueva etapa, el sello Hecho en México cobra una dimensión estratégica. No se trata solo de una etiqueta de origen, sino de un símbolo de identidad productiva. Cada auto, electrodoméstico, prenda de vestir o dispositivo médico fabricado en México debe ser motivo de orgullo nacional. Y más aún si forma parte de una cadena de valor norteamericana que opera bajo el paraguas del TMEC.
Impulsar lo Hecho en México no significa cerrarse al mundo, sino aprovechar al máximo las reglas del juego regional. Significa garantizar estándares de calidad, respetar derechos laborales, proteger el medio ambiente y promover la innovación tecnológica. México tiene el talento, los recursos y la voluntad para convertirse en una potencia industrial del siglo XXI. Lo que hace falta es una política industrial coherente, respaldada por el Estado y articulada con el sector privado.
Otro de los aspectos que facilitó el entendimiento con Trump fue la postura firme de México frente a dos temas delicados: el tráfico de fentanilo y la migración indocumentada. Ambos representan desafíos humanitarios, de seguridad y de gobernabilidad.
En materia de migración, México ha asumido un rol activo para contener los flujos irregulares desde Centroamérica y Sudamérica, al tiempo que exige a Estados Unidos una política migratoria más justa y humanitaria. En cuanto al fentanilo, la cooperación bilateral se ha intensificado en los últimos dos meses, con acciones conjuntas para frenar el tráfico de precursores químicos y desmantelar redes criminales.
En ambos casos, se ha optado por una estrategia de corresponsabilidad: México no se limita a ser un muro de contención, sino que plantea soluciones integrales que aborden las causas estructurales de estos fenómenos. Esa visión ha sido reconocida incluso por la administración Trump.
En medio de estos temas, se debe destacar también una decisión reciente que confirma la política de fortalecer el sistema ferroviario nacional, particularmente el del ferrocarril Transístmico que permitirá, si se gestiona con responsabilidad y eficiencia, ser una alternativa al canal de Panamá y construir un corredor de desarrollo del Puerto de Salina Cruz en Oaxaca al puerto de Coatzacoalcos en Veracruz.
¿Qué sigue para México en comercio? Hay tres frentes que deben ser atendidos con urgencia:
El paquete automotriz. México debe negociar con firmeza e inteligencia para disminuir los aranceles a los automóviles exportados a Estados Unidos, lo cual se puede lograr mejorando el contenido regional.
El acero y el aluminio. Aún hay pendientes en este rubro. Se deben lograr acuerdos que no afecten la competitividad de nuestras industrias. Recuérdese que en estos productos Estados Unidos tiene un gran superávit respecto a México.
La inversión estratégica. El Plan México debe ejecutarse con celeridad, eliminando trabas burocráticas y garantizando transparencia en el uso de los recursos.
El panorama es incierto, pero México ha dado un paso en la dirección correcta. Evitar el “arancelazo” de Trump no fue cuestión de suerte, sino resultado de una estrategia bien diseñada que combina diplomacia, producción nacional, cooperación internacional y firmeza en los temas sensibles.
Ahora toca consolidar esta ventaja. Es el momento del TMEC. Es el momento de lo Hecho en México. Es el momento de creer, producir y exportar con dignidad. Y es, también, el momento de reconocer que México puede jugar en las grandes ligas del comercio internacional sin sacrificar su soberanía ni su dignidad. Solo así se construye un país verdaderamente libre, justo y próspero. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
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