
La captura y traslado de Ismael El Mayo Zambada a Estados Unidos constituye uno de los episodios más trascendentes en la historia contemporánea del narcotráfico mexicano. Más allá del destino judicial de uno de los fundadores del Cártel de Sinaloa, los acontecimientos del 25 de julio de 2024 revelaron profundas debilidades del Estado mexicano, exhibieron la capacidad de inteligencia de las agencias estadounidenses y desencadenaron una de las etapas más violentas que ha vivido Sinaloa en las últimas décadas. A más de dos años de distancia, las preguntas fundamentales continúan sin respuesta y las consecuencias siguen presentes. La principal lección no es únicamente la caída de un capo, sino la necesidad de replantear la seguridad nacional desde una perspectiva integral.
Durante décadas, Ismael El Mayo Zambada fue considerado una auténtica leyenda del narcotráfico mexicano. Mientras otros grandes líderes criminales fueron capturados, extraditados o abatidos, él logró mantenerse oculto durante más de cuarenta años sin pisar una cárcel mexicana. Su figura adquirió dimensiones casi míticas dentro del crimen organizado. Se convirtió en el símbolo del narcotraficante que privilegiaba la discreción, evitaba los excesos mediáticos y construía una compleja red de relaciones criminales, económicas y políticas. Precisamente por ello, su caída despertó un enorme interés internacional y abrió múltiples interrogantes sobre la forma en que ocurrió.
La historia de su captura parece extraída de una novela policiaca o de una serie de espionaje. Sin embargo, como suele suceder en materia de inteligencia, la realidad terminó superando a la ficción. El relato reúne traiciones familiares, operaciones encubiertas, vuelos clandestinos, agencias federales, disputas diplomáticas y una guerra entre organizaciones criminales. Todo ello ocurrió prácticamente en cuestión de horas y modificó el equilibrio del crimen organizado en México. No obstante, el aspecto verdaderamente relevante no es el dramatismo del episodio, sino lo que revela sobre la capacidad operativa de los Estados involucrados.
Más de dos años después del operativo, el gobierno mexicano continúa solicitando información al gobierno de Estados Unidos respecto de diversos aspectos fundamentales de la operación. Persisten las interrogantes sobre la ruta exacta de la aeronave, las autorizaciones de vuelo, el ingreso y salida del espacio aéreo mexicano, quién pilotó el avión y cuáles fueron las autoridades estadounidenses que participaron desde el inicio. La ausencia de respuestas satisfactorias ha alimentado un ambiente permanente de incertidumbre que debilita la confianza institucional y dificulta la construcción de una narrativa oficial plenamente consistente.
Ante ese vacío informativo surgieron numerosas teorías. Algunas plantearon una operación unilateral de agencias estadounidenses; otras, una negociación secreta entre ambas naciones; incluso aparecieron versiones que involucraban a distintos actores políticos y criminales. Sin embargo, más allá de las especulaciones, resulta más prudente concentrarse en la versión difundida por la propia defensa legal de Ismael Zambada, pues constituye el relato que ha sostenido de manera consistente el propio acusado y sobre el cual giran buena parte de las investigaciones posteriores.
De acuerdo con esa versión, toda la planeación y ejecución de la operación fue organizada por Joaquín Guzmán López, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán y ahijado de Ismael Zambada. Mediante un engaño cuidadosamente preparado, convenció al histórico líder del cártel para asistir a una supuesta reunión destinada a mediar un conflicto político local en Sinaloa. Una vez ahí, fue sometido por hombres armados, privado de su libertad y trasladado a un avión privado que despegó rumbo a territorio estadounidense sin que las autoridades mexicanas intervinieran.
Según esta misma narrativa, el FBI únicamente tuvo conocimiento del operativo cuando la aeronave ingresó al espacio aéreo estadounidense y solicitó autorización para aterrizar. Una vez en un aeródromo cercano a Santa Teresa, Nuevo México, agentes federales procedieron a detener tanto a Joaquín Guzmán López como a Ismael Zambada. Si esta versión corresponde a los hechos reales, Estados Unidos aprovechó una operación diseñada por integrantes del propio Cártel de Sinaloa para capturar simultáneamente a dos de sus objetivos prioritarios sin desplegar agentes en territorio mexicano.
No obstante, incluso aceptando íntegramente esa explicación, existe un elemento que merece especial atención desde la perspectiva de la seguridad nacional. Para que Joaquín Guzmán López decidiera entregar al hombre más poderoso del narcotráfico mexicano debió existir previamente un trabajo de inteligencia extremadamente sofisticado. Alguien logró establecer contacto con él, convencerlo, negociar condiciones jurídicas, ofrecer garantías o ejercer la presión suficiente para que traicionara a quien durante años fue su principal aliado político y criminal.
Ese hecho demuestra la enorme capacidad de inteligencia estratégica desarrollada por las agencias estadounidenses. No se trata únicamente de tecnología, vigilancia electrónica o capacidades satelitales. También implica inteligencia humana, infiltración, análisis financiero, negociación, protección de testigos y aprovechamiento de divisiones internas dentro de las organizaciones criminales. Lograr que un integrante de la estructura más cercana al liderazgo del Cártel de Sinaloa organizara semejante operación constituye un éxito operativo extraordinario desde la perspectiva de los servicios de inteligencia.
La comparación inevitable conduce al desempeño de las instituciones mexicanas. Mientras Estados Unidos desarrolló una operación capaz de modificar el liderazgo del narcotráfico continental, en México prácticamente todas las instancias responsables fallaron simultáneamente. Falló la inteligencia militar al no detectar los preparativos del operativo. Falló la inteligencia civil al no advertir las negociaciones internas. Falló Aeronáutica Civil al no detectar oportunamente el desplazamiento de la aeronave. Falló el Instituto Nacional de Migración al desconocer el movimiento internacional. También fallaron las corporaciones estatales encargadas de la seguridad.
Todavía más grave resultó la actuación posterior de algunas autoridades locales. La Fiscalía General del Estado de Sinaloa fue ampliamente cuestionada por la forma en que inicialmente presentó los hechos relacionados con el homicidio del diputado local Héctor Melesio Cuén Ojeda, ocurrido en la detención del capo. Las inconsistencias detectadas en la investigación alimentaron la percepción pública de que existieron intentos por construir una versión poco sólida de los acontecimientos, debilitando aún más la confianza ciudadana en las instituciones responsables de procurar justicia.
Todo ello plantea una pregunta inevitable: ¿cómo pudo desarrollarse una operación de semejante magnitud sin que ninguna institución mexicana la detectara? La respuesta probablemente combine diversos factores: corrupción, insuficiencia tecnológica, deficiencias en la coordinación interinstitucional, exceso de compartimentación de la información e incapacidad para procesar inteligencia estratégica. Lo verdaderamente preocupante es que ninguna de esas explicaciones resulta tranquilizadora. Cualquiera de ellas representa una vulnerabilidad importante para la seguridad nacional.
Desde la óptica constitucional, la principal obligación del Estado consiste en ejercer plenamente el control sobre su territorio. Cuando una operación clandestina logra movilizar a uno de los criminales más buscados del país, trasladarlo en una aeronave privada y cruzar la frontera sin conocimiento oportuno de las autoridades nacionales, queda evidenciado que existen espacios donde la capacidad estatal presenta limitaciones importantes. Esa circunstancia trasciende el ámbito policiaco y se convierte en un asunto propio de la seguridad nacional.
Algunos sostienen que el resultado final justifica plenamente el procedimiento empleado, pues permitió capturar a uno de los líderes criminales más importantes del continente. Sin embargo, esa visión ignora un aspecto fundamental: el Estado de derecho no puede depender exclusivamente de la eficacia del resultado. Si la captura ocurrió mediante un secuestro transfronterizo sin conocimiento del Estado mexicano, entonces también existirían implicaciones relevantes en materia de soberanía, cooperación internacional y respeto a los procedimientos jurídicos entre ambos países.
La cooperación bilateral en materia de seguridad exige confianza mutua, intercambio de información y respeto recíproco de competencias. Cuando alguno de esos elementos desaparece, inevitablemente surgen tensiones diplomáticas. Precisamente por ello el gobierno mexicano ha insistido reiteradamente en obtener toda la información relacionada con el operativo. No se trata únicamente de conocer detalles históricos, sino de establecer precedentes claros sobre la forma en que ambos gobiernos colaborarán frente a amenazas compartidas en el futuro.
Las consecuencias inmediatas de la captura fueron devastadoras para Sinaloa. Lo que inicialmente parecía un golpe definitivo contra el crimen organizado terminó provocando una violenta lucha por el control interno del Cártel de Sinaloa. La organización perdió el delicado equilibrio que durante décadas había mantenido Ismael Zambada entre diversas facciones. La ausencia del histórico líder abrió paso a una confrontación abierta entre Los Chapitos y La Mayiza, antiguas estructuras aliadas que comenzaron a disputarse territorios, rutas, recursos y liderazgo.
Desde septiembre de 2024 comenzaron los bloqueos carreteros, las balaceras, los ataques armados y los enfrentamientos cotidianos en Culiacán y otras regiones sinaloenses. Lo que inicialmente parecía un conflicto temporal evolucionó hacia una guerra prolongada entre grupos con enorme capacidad de fuego. La violencia dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en parte de la vida cotidiana de miles de familias que durante meses vivieron bajo condiciones permanentes de incertidumbre.
El saldo humano resulta estremecedor. Diversas estimaciones ubican en alrededor de dos mil los homicidios vinculados con esta confrontación durante los dos años posteriores a la captura, además de una cifra semejante de personas desaparecidas. Detrás de cada número existen familias desplazadas, comercios cerrados, escuelas suspendidas y comunidades enteras sometidas al miedo. La caída de un capo terminó generando un vacío de poder que incrementó la violencia antes de reducirla.
Este fenómeno demuestra una realidad frecuentemente ignorada en el combate al crimen organizado: la captura de un líder no siempre significa la desarticulación de la organización. En muchas ocasiones ocurre exactamente lo contrario. La fragmentación interna produce múltiples grupos armados que compiten violentamente entre sí. El vacío de liderazgo genera incentivos para demostrar fuerza mediante asesinatos, extorsiones y control territorial. Sin una estrategia integral posterior, el éxito táctico puede transformarse rápidamente en un problema estratégico.
La experiencia de Sinaloa confirma esa hipótesis. El Estado mexicano concentró buena parte de sus esfuerzos en contener los enfrentamientos, pero la dinámica criminal ya había cambiado profundamente. Las organizaciones comenzaron a operar con mayor autonomía, aumentó la utilización de armamento de alto poder y se intensificó el reclutamiento de jóvenes. La violencia adquirió características propias de un conflicto armado entre facciones rivales más que de simples enfrentamientos esporádicos.
Desde la perspectiva de la seguridad nacional, el caso también obliga a revisar el modelo mexicano de inteligencia. Durante años se privilegió la obtención de información táctica para realizar detenciones específicas, pero se descuidó el desarrollo de inteligencia estratégica orientada a anticipar escenarios, identificar fracturas internas y prevenir crisis futuras. La inteligencia no consiste únicamente en saber dónde se encuentra un objetivo, sino en comprender las consecuencias que producirá cada decisión.
Otra lección importante consiste en fortalecer los mecanismos de coordinación entre instituciones civiles y militares. La dispersión de competencias, el intercambio limitado de información y la existencia de bases de datos fragmentadas reducen significativamente la capacidad de respuesta. Ninguna institución posee por sí sola todos los elementos necesarios para enfrentar amenazas complejas. La inteligencia moderna requiere sistemas integrados, interoperabilidad tecnológica y protocolos permanentes de cooperación.
Igualmente indispensable resulta modernizar la vigilancia del espacio aéreo nacional. La operación evidenció interrogantes sobre la capacidad para monitorear vuelos privados, detectar trayectorias irregulares y compartir información en tiempo real entre autoridades civiles y militares. En un contexto donde las organizaciones criminales utilizan aeronaves para transportar personas, armas, drogas y recursos financieros, la protección del espacio aéreo constituye un componente esencial de la seguridad nacional.
También debe fortalecerse el marco jurídico que regula la cooperación internacional en materia de inteligencia y combate al crimen organizado. México necesita acuerdos más claros sobre intercambio de información, operaciones coordinadas, procedimientos de extradición y actuación de agencias extranjeras. La colaboración bilateral resulta indispensable frente a organizaciones criminales transnacionales, pero debe desarrollarse bajo reglas transparentes que garanticen plenamente el respeto a la soberanía nacional.
La captura del Mayo Zambada también deja una enseñanza política. Durante décadas, buena parte de la estrategia gubernamental se concentró en la persecución de líderes visibles, suponiendo que su eliminación resolvería el problema estructural. La experiencia demuestra que esa lógica resulta insuficiente. Las organizaciones criminales poseen mecanismos de sucesión, estructuras financieras y redes internacionales que trascienden a cualquier individuo. Combatir únicamente a los dirigentes sin desmantelar las capacidades económicas y logísticas produce resultados limitados.
Por ello, el combate al crimen organizado debe orientarse simultáneamente hacia el desmantelamiento financiero, el control de armas, el combate al lavado de dinero, la inteligencia patrimonial, la recuperación de territorios y el fortalecimiento de las instituciones locales. Ninguna captura, por espectacular que resulte, sustituye la construcción de capacidades permanentes del Estado para garantizar seguridad y justicia.
Finalmente, el caso obliga a reflexionar sobre la relación entre soberanía y cooperación internacional. México comparte con Estados Unidos una frontera de más de tres mil kilómetros y enfrenta amenazas criminales comunes. Esa realidad hace indispensable mantener mecanismos permanentes de colaboración. Sin embargo, dicha cooperación debe construirse sobre bases de confianza, transparencia y respeto mutuo. La eficacia operativa no puede convertirse en justificación para debilitar principios fundamentales del derecho internacional ni para generar incertidumbre institucional.
La historia probablemente recordará el 25 de julio de 2024 como el día en que cayó uno de los últimos grandes capos históricos del narcotráfico mexicano. Sin embargo, para México la verdadera importancia de aquella fecha no reside únicamente en la captura de Ismael El Mayo Zambada. Su legado principal consiste en haber exhibido fortalezas y debilidades institucionales que permanecían ocultas. Mientras Estados Unidos demostró una notable capacidad de inteligencia para explotar las divisiones internas del crimen organizado, México quedó obligado a revisar profundamente sus propios sistemas de seguridad, inteligencia y coordinación institucional. Esa es, quizá, la lección más importante: la seguridad nacional no depende exclusivamente de capturar criminales, sino de construir un Estado suficientemente fuerte para anticipar amenazas, proteger su soberanía y evitar que un episodio de esta magnitud vuelva a sorprenderlo.
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