El plantón de Reforma y la resistencia civil pacífica: el origen de un movimiento

Por: Onel Ortiz @onelortiz

Hay coyunturas cuyo significado sólo puede comprenderse con el paso de los años. En el momento en que ocurren parecen circuntanciales, producto de una disputa electoral, de una movilización o de una decisión tomada bajo la presión. Después descubrimos que fueron puntos de ruptura. El plantón de Paseo de la Reforma de 2006 pertenece a esta categoría. Durante 48 días, miles de personas ocuparon una parte fundamental del corazón político de la Ciudad de México para exigir el recuento de los votos de la elección presidencial. Fue una protesta polémica, costosa y contradictoria, pero también uno de los acontecimientos fundacionales del movimiento político encabezado por Andrés Manuel López Obrador que, años después, daría origen a Morena.

Para comprender el plantón es indispensable regresar al 2 de julio de 2006. México llegó a aquella elección profundamente dividido. Andrés Manuel López Obrador había encabezado durante meses las preferencias electorales, pero enfrentó una campaña de enorme intensidad política. El gobierno de Vicente Fox abandonó la prudencia que debía corresponder al titular del Poder Ejecutivo y participó abiertamente en la disputa pública. La elección terminó convertida en una confrontación entre dos proyectos políticos y, cuando llegaron los resultados, la diferencia entre Felipe Calderón y López Obrador fue de apenas 0.56 por ciento. Una distancia demasiado pequeña para una sociedad demasiado polarizada.

La demanda del movimiento fue sencilla de comunicar y poderosa políticamente: “voto por voto, casilla por casilla”. López Obrador impugnó la elección y sostuvo que la única manera de otorgar certeza al resultado consistía en realizar un recuento completo. No era una discusión exclusivamente jurídica. Era fundamentalmente una batalla por la legitimidad. Millones de ciudadanos consideraban que existían suficientes irregularidades para justificar la apertura de los paquetes electorales. Del otro lado se encontraba una institucionalidad electoral que defendía los procedimientos establecidos. Ahí comenzó una fractura política cuyas consecuencias se prolongarían durante muchos años. El problema dejó de ser únicamente quién había ganado; comenzó a discutirse quién tenía autoridad moral para declarar un ganador.

Entre el 8 y el 29 de julio se realizaron tres enormes asambleas informativas en el Zócalo. Aquellas concentraciones fueron demostrando que López Obrador conservaba una capacidad de movilización que difícilmente podía ignorarse. El movimiento poselectoral no se desinfló después de la elección, como seguramente esperaban sus adversarios. Sucedió exactamente lo contrario. Cada concentración alimentó a la siguiente y la protesta comenzó a adquirir identidad propia. Miles de personas que habían votado por una candidatura empezaron a considerarse integrantes de una causa. Ese tránsito, del elector al militante y del simpatizante al activista, es indispensable para entender lo ocurrido posteriormente. En aquellas semanas empezó a construirse algo que todavía no tenía nombre.

Ese 30 de julio acudí a la asamblea convocada en el Zócalo acompañado de mi amiga Reyna Barrón, quien se recuperaba de una lesión en la rodilla y tenía que desplazarse en silla de ruedas. La cantidad de personas era impresionante. No pudimos llegar más allá de la glorieta de Colón. Ahí habían colocado una pantalla y bocinas para que quienes no alcanzábamos la Plaza de la Constitución pudiéramos seguir los acontecimientos. La escena permite dimensionar lo que estaba sucediendo. Reforma, Juárez y las calles del Centro estaban llenas de ciudadanos convencidos de que la elección no había quedado resuelta políticamente con el cómputo oficial.

En la primera parte de aquel discurso, López Obrador realizó una síntesis de lo que consideraba el fraude electoral, cuestionó la parcialidad de las autoridades y recordó la intervención del presidente Vicente Fox durante la campaña. Después llegó el momento decisivo. Propuso a la asamblea permanecer en plantón permanente en el Zócalo y a lo largo de Paseo de la Reforma. La propuesta fue sometida a votación a mano alzada. La respuesta favorable fue prácticamente unánime. Reyna y yo nos miramos y votamos en contra. Me parecía entonces —y sigo considerando legítima aquella preocupación— que bloquear una de las principales avenidas de la ciudad afectaría a miles de ciudadanos y podía generar un costo político innecesario para el movimiento.

Ésta es una precisión importante porque la historia política no debe escribirse desde la comodidad de saber cómo terminó todo. Haber participado en un movimiento no significa haber estado de acuerdo con cada una de sus decisiones. La militancia no debería cancelar el pensamiento crítico. Yo compartía la exigencia del recuento, rechazaba la intervención gubernamental en la elección y consideraba indispensable defender el voto, pero no estaba convencido del plantón. Esa decisión personal terminó siendo también una de las grandes contradicciones políticas de aquellos días: ¿hasta dónde podía llegar la resistencia civil sin afectar los derechos de terceros? ¿Dónde terminaba el derecho a la protesta y comenzaba el derecho a la movilidad?

Pese a haber votado en contra, acudí todos los días a cumplir puntualmente con la guardia que me correspondía. Puede parecer contradictorio, pero precisamente ahí se encuentra una de las enseñanzas de aquella experiencia. Una vez tomada colectivamente la decisión, miles asumimos la responsabilidad de sostenerla. Algunos campamentos dividían las jornadas en guardias matutinas, vespertinas y nocturnas; otros trabajaban periodos de 24 horas y los contingentes procedentes de diferentes estados renovaban periódicamente a sus participantes. El plantón no era una masa amorfa. Muy pronto desarrolló organización, distribución de responsabilidades, sistemas de comunicación, alimentación, seguridad y actividades políticas.

El Zócalo fue dividido en cuadrantes asignados a las entidades federativas, de Aguascalientes a Zacatecas. Cada representación estatal tenía la responsabilidad de mantener su espacio. Se instaló una casa de campaña “presidencial”, una carpa para reuniones y un templete donde por la mañana y por la tarde se realizaban asambleas informativas. Los partidos integrantes de la coalición también levantaron sus propios espacios de organización. Lo que inicialmente parecía una protesta improvisada comenzó a transformarse en una pequeña ciudad política instalada en el centro de la capital. Durante semanas convivieron militantes, dirigentes, familias, organizaciones sociales, estudiantes, trabajadores, comerciantes, artistas, intelectuales y ciudadanos sin militancia partidista.

Sobre Paseo de la Reforma, la organización correspondió fundamentalmente a los comités delegacionales del entonces PRD. El campamento se extendía desde las inmediaciones del Centro Histórico hasta la Diana Cazadora, donde se encontraba el campamento del entonces jefe de Gobierno electo, Marcelo Ebrard Casaubón. Durante agosto, aquella estructura se volvió más compleja. Hubo cocinas comunitarias, actividades culturales, proyecciones cinematográficas, foros, debates, servicios médicos improvisados y reuniones políticas.

Reforma dejó temporalmente de ser solamente una avenida para convertirse en un enorme espacio de deliberación política. Ésa fue simultáneamente una de las mayores virtudes del movimiento y una de las principales fuentes de rechazo entre quienes padecieron sus consecuencias cotidianas.

El 5 de agosto, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación rechazó realizar el recuento total y ordenó únicamente la apertura de alrededor del nueve por ciento de las casillas. Aquella determinación fue recibida con enorme desconfianza dentro del movimiento. Para quienes habían adoptado la consigna “voto por voto, casilla por casilla”, un recuento parcial no solucionaba el problema de fondo. Jurídicamente, el Tribunal seguía su ruta. Políticamente, sin embargo, la distancia entre las instituciones electorales y millones de ciudadanos se hacía cada vez mayor. Ésta es una de las lecciones de 2006: la legalidad resulta indispensable para una democracia, pero ninguna democracia puede mantenerse únicamente con expedientes y sentencias si una parte importante de la sociedad cuestiona su legitimidad.

El plantón tuvo enormes costos. Negarlos sería convertir la historia en propaganda. Hubo afectaciones a la movilidad, al comercio y a las actividades cotidianas de una parte de la ciudad. Muchos ciudadanos que no tenían responsabilidad alguna en las irregularidades denunciadas terminaron padeciendo la protesta. Los adversarios de López Obrador utilizaron estas afectaciones para reforzar el discurso del político intolerante y peligroso que había sido construida desde la campaña presidencial. Para un sector de las clases medias capitalinas, Reforma se convirtió en la demostración de que el movimiento obradorista estaba dispuesto a imponer sus objetivos sobre los derechos de otros. Esa percepción existió y sería un error borrarla retrospectivamente.

Pero existe otra parte de la historia. El plantón permitió evitar que el movimiento poselectoral derivara hacia expresiones violentas. Millones de personas estaban convencidas de que les habían arrebatado la Presidencia mediante un fraude. Una situación semejante podía generar enfrentamientos, acciones espontáneas o expresiones radicales imposibles de controlar. López Obrador optó por canalizar esa inconformidad hacia la resistencia civil pacífica, las asambleas, las movilizaciones y la ocupación de espacios públicos. Se podrá discutir hasta nuestros días si la estrategia fue correcta, pero resulta imposible negar que mantuvo la protesta dentro de cauces esencialmente pacíficos. Ése es uno de los elementos centrales para evaluar históricamente aquellos acontecimientos.

La resistencia civil pacífica no fue únicamente una táctica para presionar al Tribunal Electoral. Poco a poco se convirtió en una escuela de organización política. Personas que nunca habían participado activamente comenzaron a realizar guardias, organizar reuniones, distribuir información, participar en brigadas y discutir públicamente sobre democracia, instituciones, medios de comunicación y poder económico. La protesta produjo redes humanas que sobrevivieron al levantamiento de las carpas. Esas redes resultarían fundamentales durante los siguientes años. Ahí se encuentra una de las conexiones directas entre 2006 y el nacimiento posterior de Morena. Antes de convertirse en partido, el obradorismo fue una extensa comunidad política articulada alrededor de experiencias compartidas.

También aparecieron las contradicciones internas. Una de las anécdotas que mejor recuerdo está relacionada con Zurda, un pequeño periodico que decidí elaborar durante el plantón. Se imprimía en tamaño media carta y contenía noticias generales, artículos de opinión y materiales relacionados con el movimiento. Mi intención era sencilla: contribuir a que quienes permanecíamos en Reforma tuviéramos información y elementos para debatir. Un movimiento democrático, pensaba entonces y sigo pensando ahora, debe ser capaz de escuchar no solamente los argumentos que confirman sus convicciones, sino también aquellos que las cuestionan.

Un día, Carlos Monsiváis y Roger Bartra publicaron en La Jornada textos con posiciones distintas sobre el plantón. Monsiváis simpatizaba con la protesta; Bartra la criticaba. Me pareció interesante reproducir ambas posiciones en “Zurda”. Llegué por la mañana con los ejemplares y varios compañeros comenzaron a distribuirlos a lo largo de Reforma. Después me fui a trabajar. Cuando regresé por la noche descubrí que buena parte de los ejemplares habían sido recogidos y estaban amontonados en una esquina de la carpa del Comité Ejecutivo Nacional del PRD. Alguien había decidido que distribuir materiales críticos podía “minar el ánimo” de los participantes.

Aquello me pareció absurdo entonces y me lo sigue pareciendo. Si una causa democrática no puede tolerar una opinión diferente dentro de sus propios espacios, corre el riesgo de reproducir aquello que combate. Resultaba paradójico exigir transparencia, apertura y pluralidad a las instituciones mientras algunos dirigentes pretendían impedir que los propios participantes conocieran una crítica intelectual al plantón. La anécdota puede parecer menor, pero no lo es. Los movimientos políticos también se construyen mediante debates internos. La disciplina es necesaria para cualquier organización, pero cuando se confunde disciplina con unanimidad se termina castigando la critica. Esa tensión acompañaría al obradorismo durante muchos años y continúa siendo pertinente para Morena.

La historia también tiene ironías. Algunos de quienes entonces se encontraban entre los defensores más entusiastas de López Obrador terminarían años después convertidos en adversarios del obradorismo. Guadalupe Acosta Naranjo, entonces secretario general del PRD y con responsabilidades organizativas en el plantón, y Fernando Belaunzarán formaban parte de aquel universo obradorista. El tiempo los colocó en posiciones radicalmente diferentes. No es algo excepcional. Los movimientos políticos producen adhesiones, rupturas y transformaciones. Precisamente por eso conviene recordar que el obradorismo de 2006 no era todavía Morena. Era una coalición heterogénea de partidos, organizaciones sociales, dirigentes, intelectuales y ciudadanos unidos fundamentalmente por el liderazgo de López Obrador y por la convicción de que la elección había sido injusta.

El 1 de septiembre ocurrió otro episodio de enorme tensión. Legisladores del PRD, encabezados por Carlos Navarrete Ruiz  y Javier González Garza impidieron que Vicente Fox rindiera personalmente su último Informe de Gobierno ante el Congreso. Cuatro días después, el Tribunal Electoral validó la elección y declaró presidente electo a Felipe Calderón. Desde el punto de vista institucional, el proceso electoral estaba concluido. Desde el punto de vista político, no. El movimiento rechazó el fallo y continuó su estrategia. México entraba así en una situación inédita: había un presidente electo reconocido por las instituciones y, al mismo tiempo, millones de ciudadanos que consideraban ilegítimo el resultado. La fractura de 2006 marcaría buena parte de la vida pública durante los siguientes años.

La segunda anécdota que conservo de aquellos días ocurrió la noche del 14 de septiembre. Llovía. Cerca de la medianoche comenzaron movimientos alrededor de Palacio Nacional. Integrantes del Estado Mayor Presidencial y granaderos federales se desplegaron mientras las vallas eran golpeadas contra el suelo. Del lado del movimiento, integrantes del Frente Popular Francisco Villa tomaron posiciones y respondieron golpeando también las vallas. Previamente habían sido retirados mujeres, niños y adultos mayores. Desde días antes existía la certeza de que el gobierno federal no permitiría que el plantón permaneciera durante las ceremonias del aniversario de la Independencia y, particularmente, frente al desfile militar del 16 de septiembre.

Fueron minutos de enorme tensión. Quienes estuvimos ahí sentimos que la represión podía comenzar en cualquier momento. Un enfrentamiento en el Zócalo habría cambiado completamente la historia del movimiento. De pronto, el cuerpo de granaderos del Gobierno del Distrito Federal se interpuso entre los elementos federales y los manifestantes y abrió salidas hacia Francisco I. Madero, 5 de Mayo, 16 de Septiembre y Tacuba. La intervención del gobierno encabezado interinamente por Alejandro Encinas evitó que aquella noche terminara en violencia. No es exagerado afirmar que unos cuantos minutos y algunas decisiones operativas separaron a la resistencia civil pacífica de una confrontación cuyas consecuencias políticas habrían sido imprevisibles.

El plantón comenzó a levantarse. Habían transcurrido 48 días desde aquel 30 de julio. Las carpas desaparecieron y Reforma recuperó paulatinamente su funcionamiento cotidiano. Quienes creyeron que con el retiro de los campamentos terminaba el movimiento se equivocaron. Ocurrió exactamente lo contrario. El plantón desapareció físicamente, pero la organización permaneció. El 16 de septiembre se celebró la Convención Nacional Democrática en el Zócalo y López Obrador fue proclamado por sus simpatizantes “Presidente Legítimo de México”. La resistencia dejaba atrás su etapa de ocupación territorial para comenzar una nueva fase de organización política nacional.

Ahí está importancia del plantón. Su principal resultado no fue conseguir el recuento total de los votos, porque no lo consiguió. Tampoco logró impedir que Felipe Calderón asumiera la Presidencia. Si lo evaluamos exclusivamente a partir de sus objetivos inmediatos, tendríamos que reconocer que fracasó. Pero los acontecimientos políticos deben juzgarse también por sus consecuencias de largo plazo. Y en ese terreno el resultado fue completamente diferente. El plantón permitió identificar cuadros, construir redes, fortalecer liderazgos locales, formar militantes y mantener movilizada a una base social que se negaba a regresar a casa después de la elección.

Después vendrían otras batallas. La resistencia contra la reforma energética, las brigadas, las giras de López Obrador por los municipios del país, la construcción de comités territoriales y finalmente la creación del Movimiento de Regeneración Nacional. Morena no nació espontáneamente cuando obtuvo su registro como partido político. Sus raíces se encuentran en diferentes momentos de la izquierda mexicana, pero uno de sus antecedentes inmediatos más importantes está indudablemente en 2006. Miles de personas que hicieron guardia bajo una carpa, repartieron volantes, participaron en asambleas o caminaron por Reforma terminarían integrándose años después a una organización política.

En ese sentido, el plantón fue una escuela de cuadros sin proponérselo formalmente. Enseñó organización territorial, comunicación política, movilización y resistencia. También enseñó los límites de la protesta y la necesidad de construir instrumentos políticos permanentes. Una movilización puede llenar una plaza, pero para transformar las instituciones se requieren organización, programa, estructura territorial, candidatos y votos. Ésa fue probablemente una de las principales conclusiones que López Obrador extrajo de 2006. Si las instituciones existentes eran consideradas insuficientes para impulsar su proyecto, entonces había que construir una fuerza política capaz de disputar y conquistar democráticamente esas instituciones.

Existe además una diferencia fundamental entre el López Obrador de 2006 y el movimiento que llegó al poder en 2018. En 2006 todavía dependía de estructuras partidistas que no controlaba completamente. El PRD tenía corrientes, liderazgos regionales, intereses y una cultura interna propia. PT y Convergencia —después Movimiento Ciudadano— acompañaban electoralmente el proyecto, pero tampoco constituían una organización obradorista. La experiencia poselectoral demostró los límites de aquella alianza. Con el tiempo, la ruptura con el PRD se volvió inevitable y Morena permitió a López Obrador construir un instrumento político directamente vinculado con el movimiento social que había crecido alrededor de su liderazgo.

Sería incorrecto convertir el plantón en una leyenda sin contradicciones. Hubo excesos, errores organizativos, sectarismo y decisiones discutibles. Hubo dirigentes que confundieron la crítica con deslealtad. Hubo ciudadanos afectados que tenían razones legítimas para estar molestos. Hubo una estrategia que fortaleció a López Obrador entre sus seguidores, pero también profundizó su rechazo entre sectores importantes de la población. La historia seria debe reconocer ambas dimensiones. La resistencia civil pacífica fue simultáneamente un movimiento democrático de enorme importancia y una acción política que generó costos sociales. Precisamente porque fue trascendente merece ser estudiada sin convertirla ni en epopeya perfecta ni en caricatura.

Sus adversarios afirmaron durante años que aquella movilización demostraba que López Obrador era enemigo de las instituciones. El argumento merece una reflexión más profunda. La democracia no consiste únicamente en aceptar decisiones institucionales. También reconoce el derecho de los ciudadanos a impugnarlas, protestar contra ellas y exigir su modificación mediante mecanismos pacíficos. El problema aparece cuando una parte considera que toda protesta contra las instituciones es antidemocrática y la otra supone que cualquier decisión institucional adversa carece automáticamente de legitimidad. En 2006 México quedó atrapado entre esas dos visiones. La reconciliación democrática habría requerido mayor transparencia, capacidad de diálogo y sensibilidad política de todos los actores.

El movimiento eligió la resistencia civil pacífica y esa decisión debe subrayarse. No hubo llamado a las armas ni organización clandestina. No se pretendió tomar instalaciones estratégicas mediante la violencia ni provocar una confrontación con las Fuerzas Armadas. La principal herramienta fue la movilización de masas. En una sociedad con una larga historia de represiones políticas, ese dato tiene importancia. El obradorismo descubrió que podía convertir la movilización social en acumulación política y posteriormente transformar esa acumulación en fuerza electoral. El camino entre Reforma en 2006 y Palacio Nacional en 2018 no fue recto, pero existe una línea histórica que comunica ambos acontecimientos.

Doce años después, López Obrador obtuvo más de 30 millones de votos y ganó la Presidencia con una ventaja que hizo imposible cualquier controversia sobre el resultado. Muchos de quienes habían dormido en los campamentos de Reforma, realizado guardias o participado en las asambleas de 2006 pudieron interpretar aquella victoria como el cierre de un ciclo. La estrategia había cambiado. La protesta se había transformado en organización; la organización, en partido; y el partido, en mayoría electoral. Morena conquistó la Presidencia, mayorías legislativas y una presencia territorial que pocos años antes parecía imposible. El movimiento que había sido acusado de colocarse fuera de las instituciones terminó conquistándolas mediante las urnas.

Quizá la principal enseñanza de aquellos días sea otra. Ninguna transformación política importante nace exclusivamente desde arriba. Los liderazgos cuentan, pero requieren organización social. Morena no puede comprenderse solamente a través de la biografía de López Obrador. Hay que mirar también a los miles de ciudadanos anónimos que estuvieron en Reforma, a quienes realizaron guardias, cocinaron, limpiaron, organizaron actividades, repartieron periódicos, discutieron durante horas y regresaron a sus colonias para mantener vivo el movimiento. Sin aquella militancia anónima, el obradorismo difícilmente habría sobrevivido a la derrota electoral de 2006.

A veinte años de distancia, resulta más sencillo dimensionar lo sucedido. El plantón no fue solamente una protesta contra un resultado electoral. Fue un laboratorio político. Ahí convivieron las virtudes y los defectos que posteriormente acompañarían al movimiento: enorme capacidad de movilización, disciplina, solidaridad, cercanía popular, liderazgo político, pero también intolerancia ocasional frente a la crítica, personalismo y tentaciones sectarias. Las organizaciones políticas deberían estudiar su historia precisamente para conservar sus fortalezas y corregir sus defectos. Quien transforma el pasado en un santoral termina incapacitado para aprender de él.

Por eso recuerdo mi voto contra la instalación del plantón sin arrepentimiento y, al mismo tiempo, recuerdo con orgullo haber cumplido después con las guardias que me correspondieron. No encuentro contradicción entre ambas cosas. La política democrática implica disentir, argumentar, perder una votación y continuar participando. Aquella pequeña experiencia resume, de alguna manera, lo mejor que pudo haber representado la resistencia civil pacífica: miles de personas diferentes, con opiniones distintas, reunidas alrededor de una causa común. El problema comienza cuando una organización exige obediencia donde debería pedir convicción, o unanimidad donde debería existir debate.

El plantón de Reforma terminó, pero el movimiento no. Las carpas fueron desmontadas; las avenidas volvieron a llenarse de automóviles; desaparecieron los comedores, los templetes y las guardias. Sin embargo, algo había cambiado en la política mexicana. Una parte considerable de la sociedad había aprendido que podía organizarse durante semanas alrededor de una causa y construir estructuras fuera de los partidos tradicionales. La derrota electoral no produjo la desaparición de López Obrador. Paradójicamente, contribuyó a construir un movimiento más cohesionado alrededor de su liderazgo. Esa capacidad para convertir una derrota en organización constituye probablemente una de las mayores habilidades políticas del fundador de Morena.

La historia posterior es conocida. López Obrador volvió a competir por la Presidencia en 2012, rompió posteriormente con el PRD, encabezó la construcción de Morena, obtuvo su registro como partido y finalmente ganó la elección presidencial de 2018. Nada de ello estaba garantizado aquella tarde del 30 de julio de 2006. Quienes estábamos en Reforma no podíamos saber que doce años después ese movimiento llegaría a Palacio Nacional. Ésa es precisamente la razón por la cual resulta importante regresar a aquellos días sin utilizar los lentes del presente. La historia no estaba escrita. Se fue construyendo con decisiones, errores, resistencias, derrotas y perseverancia.

El plantón de Paseo de la Reforma y la resistencia civil pacífica fueron, en suma, uno de los acontecimientos fundacionales del obradorismo contemporáneo. No porque hayan sido perfectos, sino porque transformaron una inconformidad electoral en identidad política; una derrota en resistencia; la resistencia en organización y, con los años, la organización en una fuerza capaz de conquistar democráticamente el poder. Aquellos 48 días demostraron los alcances y los límites de la movilización social. También dejaron una lección que Morena no debería olvidar ahora que ocupa el poder: un movimiento nació cuestionando instituciones, combatiendo el pensamiento único y exigiendo que la ciudadanía fuera escuchada. Sería una paradoja histórica que, desde el gobierno, olvidara esas mismas enseñanzas.

Aquel 30 de julio Reyna y yo levantamos la mano en contra del plantón mientras una multitud votaba a favor. Después participé todos los días en él. Veinte años más tarde sigo pensando que ambas decisiones fueron correctas. La primera porque ejercí mi derecho a disentir; la segunda porque asumí una decisión colectiva y participé en una resistencia que consideraba justa. Tal vez ésa sea mi conclusión sobre aquellos días: la democracia no consiste en pensar todos igual, sino en permanecer juntos aun cuando pensamos diferente. El plantón desapareció de Reforma en septiembre de 2006. La fuerza política que nació y se consolidó en aquellas jornadas, en cambio, terminó modificando la historia contemporánea de México.

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