
La política tiene episodios que modifican el rumbo de una elección y otros que cambian el curso de los acontecimientos. Los llamados videoescándalos de marzo de 2004 pertenecen a esta segunda categoría. Lo que en un principio parecía una devastadora operación mediática destinada a destruir políticamente al entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, terminó convirtiéndose en uno de los acontecimientos que consolidaron su liderazgo nacional y sentaron las bases de lo que años después sería conocido como el obradorismo.
Con el paso del tiempo, resulta evidente que aquellos videos no sólo exhibieron conductas indebidas de personajes cercanos al gobierno capitalino, sino que inauguraron una nueva etapa de confrontación entre el poder establecido y un liderazgo opositor que comenzaba a desafiar los equilibrios construidos tras la alternancia presidencial del año 2000.
Para comprender la magnitud de aquellos acontecimientos es necesario recordar el contexto político. Había transcurrido poco más de la mitad del sexenio de Vicente Fox Quesada. El entusiasmo ciudadano que acompañó su triunfo histórico sobre el PRI se había ido diluyendo frente a una realidad mucho más compleja. La promesa de un cambio profundo había quedado atrapada entre compromisos incumplidos, la incapacidad para construir mayorías legislativas y un peculiar cogobierno con sectores del propio priismo que limitó muchas de las transformaciones anunciadas durante la campaña presidencial.
Mientras el gobierno federal perdía impulso, en la capital del país emergía una figura con enorme capacidad de comunicación política. Andrés Manuel López Obrador utilizó el Gobierno del Distrito Federal para impulsar programas sociales innovadores, proyectos de infraestructura y una estrategia inédita de comunicación basada en conferencias de prensa matutinas que marcaban diariamente la agenda pública. Aquellas conferencias, antecedente directo de las mañaneras presidenciales, permitían fijar posiciones políticas, responder ataques y construir una relación cotidiana con los medios de comunicación y con la ciudadanía.
Gradualmente, López Obrador dejó de ser únicamente el gobernante de la Ciudad de México para convertirse en el principal opositor al gobierno de Vicente Fox. Mientras el Presidente enfrentaba dificultades para concretar sus reformas, el jefe de Gobierno aparecía como un dirigente cercano a los sectores populares y con una narrativa capaz de conectar con el desencanto social.
Ese crecimiento despertó preocupación entre diversos grupos políticos y económicos. Desde sectores vinculados al antiguo régimen priista y desde importantes liderazgos panistas en la capital comenzó a delinearse una estrategia destinada a desacreditar al político tabasqueño antes de que iniciara formalmente la carrera presidencial de 2006. El objetivo parecía claro: impedir que el ascenso de López Obrador se tradujera en una candidatura competitiva. Fue en ese contexto cuando irrumpieron los videoescándalos.
Durante marzo de 2004, la televisión nacional difundió una serie de grabaciones clandestinas que sacudieron a la opinión pública. El episodio más impactante mostró a René Bejarano, entonces coordinador de la mayoría en el Congreso capitalino y uno de los principales operadores políticos de López Obrador, recibiendo fajos de billetes y guardándolos apresuradamente mientras sostenía una reunión con el empresario Carlos Ahumada. La escena, transmitida en horario estelar y reproducida una y otra vez, quedó grabada en la memoria colectiva y dio origen al sobrenombre de “el señor de las ligas”, debido a las ligas elásticas utilizadas para sujetar el dinero.
Poco antes aparecieron otros videos igualmente comprometedores. Gustavo Ponce, secretario de Finanzas del Gobierno del Distrito Federal, fue exhibido apostando fuertes cantidades de dinero en el casino Bellagio de Las Vegas.
A ello se sumó la difusión de imágenes de Carlos Imaz, entonces jefe delegacional en Tlalpan, recibiendo recursos económicos también provenientes de Ahumada. Así como, de Ramón Sosa Montes.
La gravedad de las imágenes era innegable. Se trataba de funcionarios y operadores políticos cercanos al entorno del jefe de Gobierno involucrados en conductas incompatibles con la ética pública. Sin embargo, desde el primer momento surgió una pregunta que trascendía el contenido de los videos: ¿quién los grabó, quién los conservó y quién decidió hacerlos públicos precisamente en ese momento político?
Carlos Ahumada reconocería posteriormente haber registrado de manera clandestina aquellas reuniones. Diversas declaraciones posteriores, investigaciones periodísticas y testimonios de actores involucrados alimentaron la hipótesis de que la difusión formó parte de una operación política cuidadosamente diseñada para golpear a López Obrador. En distintas versiones se mencionó la participación o colaboración de figuras opositoras como Federico Döring, Diego Fernández de Cevallos, Rosario Robles e incluso del expresidente Carlos Salinas de Gortari. Aunque muchas de estas afirmaciones permanecieron sujetas a controversia y debate público, contribuyeron a fortalecer la narrativa de un complot político impulsada por el propio López Obrador. Paradójicamente, esa narrativa encontró eco en una parte importante de la sociedad mexicana.
La estrategia de exhibir la corrupción del entorno inmediato del jefe de Gobierno no produjo el colapso político esperado. En lugar de abandonar a su líder, una porción significativa de sus simpatizantes distinguió entre las responsabilidades individuales de los funcionarios involucrados y la figura política de López Obrador. Para muchos ciudadanos, los videos evidenciaban errores personales, pero también parecían revelar el uso selectivo de los medios de comunicación y de las filtraciones como instrumentos para influir en la competencia política.
El episodio marcó un punto de inflexión en la construcción del liderazgo obradorista. A partir de entonces comenzó a consolidarse un relato que enfrentaba a un dirigente popular contra una alianza integrada por grupos económicos, adversarios partidistas, medios de comunicación tradicionales y antiguos actores del régimen político. Esa percepción de asedio fortaleció la identidad de sus seguidores y generó una cohesión que trascendía los límites de un partido político.
Los acontecimientos posteriores reforzaron esa dinámica. René Bejarano fue desaforado y permaneció cerca de un año en prisión antes de obtener su libertad tras resoluciones judiciales favorables. Gustavo Ponce fue destituido, perseguido y posteriormente detenido por las autoridades federales. Carlos Ahumada fue arrestado en Cuba, deportado a México y encarcelado durante varios años antes de recuperar su libertad. El sistema institucional respondió con investigaciones, procesos penales y consecuencias jurídicas para varios de los protagonistas. Sin embargo, en el plano político el saldo fue mucho más complejo.
Lejos de desaparecer de la escena nacional, López Obrador incrementó su presencia mediática y reforzó un discurso centrado en la existencia de poderes fácticos interesados en impedir una transformación política profunda. Apenas un año después vendría el proceso de desafuero derivado del caso El Encino, que amplificó todavía más la confrontación con el gobierno federal y terminó por convertir al jefe de Gobierno en una figura de alcance nacional con capacidad de movilización masiva.
En retrospectiva, puede afirmarse que los videoescándalos constituyeron uno de los primeros grandes laboratorios de la guerra política moderna en México. Por primera vez, grabaciones obtenidas de manera clandestina, difundidas estratégicamente por televisión abierta y multiplicadas por los medios de comunicación fueron utilizadas para modificar el equilibrio político nacional. La imagen sustituyó parcialmente al expediente judicial; el impacto emocional prevaleció sobre la explicación contextual; y la batalla por la opinión pública se libró en tiempo real.
También dejaron una lección sobre los límites de este tipo de estrategias. Las campañas negativas pueden erosionar reputaciones individuales, pero no necesariamente destruyen liderazgos cuando éstos logran construir un vínculo emocional y político con amplios sectores sociales. En ocasiones, incluso generan el efecto contrario: fortalecen la identidad del grupo atacado y alimentan la percepción de persecución.
El caso mexicano demuestra precisamente ese fenómeno. Lo que pretendía ser una operación para impedir el ascenso de López Obrador terminó alimentando el discurso que años después explicaría buena parte de su fortaleza electoral. El obradorismo encontró en aquellos acontecimientos una narrativa fundacional basada en la resistencia frente a las élites políticas y económicas, en la denuncia de presuntas conspiraciones y en la reivindicación de un liderazgo que afirmaba enfrentar intereses establecidos.
Desde luego, ello no significa minimizar la importancia de combatir la corrupción. Los hechos protagonizados por Bejarano, Ponce e Imaz constituyeron episodios profundamente cuestionables que dañaron la credibilidad de las instituciones y evidenciaron prácticas incompatibles con un ejercicio transparente del poder. La exigencia de rendición de cuentas debe aplicarse sin excepciones ni consideraciones partidistas.
Pero esta coyuntura también demuestra que los procesos políticos rara vez pueden reducirse a una sola dimensión. Los videoescándalos fueron simultáneamente un caso de corrupción, una batalla mediática, una disputa por la sucesión presidencial y un momento decisivo en la formación de una identidad política que terminaría conquistando la Presidencia de la República en 2018.
Con la perspectiva que ofrecen más de dos décadas, es posible sostener que marzo de 2004 no representó el principio del fin para Andrés Manuel López Obrador, sino el inicio de una etapa distinta de su trayectoria. Aquella crisis lo obligó a perfeccionar su estrategia de comunicación, fortalecer su relación con sus simpatizantes y asumir un papel de oposición frontal frente al gobierno federal y frente a los grupos que consideraba integrantes del antiguo régimen.
En ese sentido, los videoescándalos dejaron una enseñanza permanente para la política mexicana: las operaciones mediáticas pueden alterar coyunturas, pero difícilmente sustituyen la construcción de liderazgos con arraigo social. Cuando un dirigente logra convertir una ofensiva en un relato de resistencia y movilización, el ataque puede terminar fortaleciendo aquello que pretendía destruir.
Por ello, más que un simple episodio de corrupción televisada, los videoescándalos de 2004 deben entenderse como uno de los primeros cimientos del obradorismo y como el momento en que Andrés Manuel López Obrador pasó de ser un exitoso gobernante local a consolidarse como el principal líder opositor del país. La historia posterior —el desafuero, la cerrada elección de 2006, la formación de un movimiento nacional y finalmente el triunfo presidencial de 2018— difícilmente puede comprenderse sin regresar a aquellos días de marzo en que unas cintas de video transformaron para el mapa político de México.
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