
Esta semana se anunció a quienes encabezarán las coordinaciones estatales de Morena para Quintana Roo y Zacatecas, eventos que fueron interrumpidos con gritos de “fraude” y dieron una señal del mayor peligro que enfrenta hoy Morena. La principal amenaza no está en la oposición, está en la unidad del movimiento. La oposición hoy sin proyecto ni liderazgo difícilmente puede derrotar a la 4T en las urnas, pero una 4T dividida sí puede derrotarse a sí misma.
Peter Turchin, autor de “Final de la partida”, sostiene que las crisis rara vez llegan desde fuera. Nacen cuando hay más aspirantes que espacios y la competencia entre élites deja de respetar reglas compartidas. Morena registró 277 aspirantes para 17 coordinaciones. Es el precio del éxito: un movimiento ganador atrae cuadros y esos cuadros producen más ambiciones de las que pueden satisfacerse.
Quienes no resultaron favorecidos enfrentan un dilema. Pueden reconocer el resultado y actuar con institucionalidad, que es lo ético, lo correcto y lo congruente para quien se asume parte de un proyecto ideológico; o pueden optar por la ruptura y el amago. Esta última es una forma mezquina de hacer política: debilita al movimiento para ganar una posición ventajosa en la mesa y cobrar un sobrepago en los siguientes procesos.
Ahí el partido debe tomar una decisión de fondo: dejar el antecedente de que Morena paga traiciones y cede ante amenazas, o privilegiar la disciplina partidaria. Si la presión se recompensa, cada derrota interna se convertirá en amenaza, y cada amenaza en factura. El riesgo electoral es concreto. Quienes hacen berrinche suponen que se llevarán la estructura, pero la base está con Morena, no con ellos en lo personal. Solo terminan por debilitar a la 4T y siendo funcionales a la derecha.
Y vienen las definiciones de diputaciones federales, congresos locales y presidencias municipales, con miles de espacios y muchos más aspirantes. Sin mecanismos para hacer valer la disciplina en un marco de diálogo, el amago se volverá división, y la división, vulnerabilidad.
Si no se generan los incentivos y desincentivos adecuados, quienes hoy son institucionales, verán que no es una vía efectiva, que conviene más el berrinche, el litigio y el ruido. Hoy se abren dos caminos. Uno es el diálogo sin amagos, donde la inconformidad se escucha, se procesa por los cauces del movimiento y la lealtad encuentra reconocimiento. El otro es la impunidad política: premiar la traición y ceder a quienes toman como rehén al proyecto colectivo para cobrar ambiciones personales. De la ruta que se elija en las próximas semanas dependerá el futuro del movimiento. Y algo debe quedar muy claro: nadie es más grande que Morena y afuera hace frío.






