¿Cómo lavarse la cara en tres pasos?

Por: Onel Ortiz @onelortiz

Entre las múltiples imágenes que nos dejó la sesión del 25 de marzo en la Cámara de Diputados, ninguna tan elocuente como la de Cuauhtémoc Blanco —exfutbolista, exgobernador de Morelos y ahora flamante diputado federal— recibiendo aplausos y vítores de diputadas de Morena al grito de “¡No estás solo!”. Efectivamente, no lo está. Lo rodea una bancada que ha preferido la complicidad política antes que el compromiso con la justicia. Quien sí está sola, completamente sola, es su media hermana, quien lo denunció ante la ley. Ella, la denunciante, quedó sola frente a una Cámara que no quiso escucharlo todo, ni verlo todo.

La decisión de desechar el proceso de desafuero en contra de Cuauhtémoc Blanco marca un punto de inflexión. No solo por lo que representa en términos jurídicos o políticos, sino porque exhibe con crudeza la doble moral de una clase legislativa que se dice comprometida con la lucha contra la impunidad y la violencia de género, pero que en los hechos protege a sus aliados, incluso cuando sobre ellos pesan señalamientos graves.

Veinticuatro horas después aconteció un gesto tan torpe como revelador: el vicecoordinador de Morena, Alfonso Ramírez Cuéllar, subió a tribuna para presentar una iniciativa que busca eliminar el fuero constitucional para diputados y senadores. Acto seguido, caminó hacia el curul del coordinador panista, Elías Lixa, para preguntarle si su bancada firmaría la propuesta. La respuesta del panista, palabras más palabras menos, fue demoledora: “Busca otro lugar donde lavarte la cara”.

¿Y por qué necesita lavarse la cara Morena? Porque el fuero, como está diseñado hoy, se ha convertido en un escudo de impunidad, una coraza para proteger a quienes deben rendir cuentas ante la justicia. La figura, que alguna vez tuvo sentido para preservar la libertad de expresión de los legisladores frente al poder, hoy es un instrumento de blindaje político. Y lo es aún más cuando se convierte en moneda de cambio en negociaciones entre bancadas.

Lo verdaderamente preocupante no es solo que Cuauhtémoc Blanco conserve el fuero; es que su caso revela una cultura de encubrimiento, de silencios cómplices y de desdén hacia las víctimas. No hay argumento jurídico que pueda justificar que un Congreso, que hace alarde de estar comprometido con la lucha contra la violencia hacia mujeres, niñas y adolescentes, aplauda y arrope a un legislador señalado por su presunta participación en hechos delictivos que, de ser ciertos, lo descalifican moralmente para ocupar un cargo público.

Claro que no todos los diputados y diputadas de Morena actúan con cinismo. Hay quienes sienten vergüenza, quienes quieren lavarse la cara de verdad, no solo frente a los reflectores. Por ello, si el grupo parlamentario mayoritario en el Congreso quiere recuperar un mínimo de coherencia ética, tiene tres tareas inmediatas:

Primero, dictaminar las más de 20 iniciativas que existen en la Cámara de Diputados para eliminar el fuero. No basta con presentarlas, hay que discutirlas, votarlas y aprobarlas. Si hay voluntad, la Comisión de Puntos Constitucionales podría emitir un dictamen en cuestión de días. Antes de que llegue la Semana Santa, el Congreso podría regalarse una redención simbólica aprobando esta reforma largamente postergada.

Segundo, Cuauhtémoc Blanco se presentó a declarar en la fiscalía de Morelos, pero lo hizo bien arropado por su fuero. Así que chiste. Morena debe solicitar públicamente a Cuauhtémoc Blanco que pida licencia a su cargo y se ponga a disposición de las autoridades de Morelos. No se trata de linchamientos ni condenas mediáticas, sino de permitir que las investigaciones sigan su curso sin el manto protector del fuero. Es cierto que nadie puede obligarlo a separarse del cargo, pero su bancada sí puede presionarlo para que asuma su responsabilidad con altura y sin privilegios.

Tercero, la Cámara de Diputados debe emitir un exhorto firme y claro a la Fiscalía de Morelos para que continúe con la investigación. No en los términos tímidos y genéricos del resolutivo sexto del dictamen aprobado el 25 de marzo, sino con una exigencia directa de esclarecimiento del caso. Porque el mensaje que hoy envía la Cámara de Diputados es devastador: que el poder protege a los suyos, aunque ello signifique traicionar a las víctimas.

¿Servirá todo esto para “lavarse la cara”? Tal vez sí o tal vez no. Pero sería, al menos, un primer paso. Porque el costo moral de haber blindado a Cuauhtémoc Blanco es alto. No solo porque traiciona los principios de justicia e igualdad ante la ley, sino porque debilita la credibilidad de todo el Congreso, especialmente de quienes se han comprometido con erradicar la violencia de género. ¿Cómo sostener un discurso feminista si, al mismo tiempo, se protege a quien es acusado por su propia hermana de delitos graves?

La eliminación del fuero es un reclamo ciudadano constante. Y sin embargo, ha sido una promesa incumplida una y otra vez. Morena, que llegó al poder con la bandera de la honestidad y la regeneración moral, tiene una oportunidad real de romper ese ciclo. No lo hará con discursos, sino con acciones concretas como las aquí planteadas.

El Congreso no puede ser refugio de impunidad. Si los legisladores desean representar dignamente al pueblo, deben demostrarlo con hechos. Porque mientras Cuauhtémoc Blanco siga protegido por el fuero y por su grupo parlamentario, mientras la denunciante esté sola y silenciada, y mientras las iniciativas contra el fuero duerman en los cajones del Congreso, la cara de varios legisladores seguirá sucia y no habrá maquillaje político que oculte la mancha. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

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https://youtu.be/flvM8YwkUwg?si=OV7xty1TjC9AlDYB

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