El Chapo: las fugas de un narco y las fugas del Estado

Por: Onel Ortiz @onelortiz

En el siglo XXI, dentro del universo del narcotráfico, Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera se convirtió al mismo tiempo en un villano y en una superestrella fabricada por documentales, series televisivas, películas y canciones que alimentaron la narcocultura. Su nombre trascendió los expedientes judiciales para instalarse en el imaginario colectivo como el del hombre que burló al Estado mexicano en repetidas ocasiones. Sin embargo, detrás del hombre sentenciado y personaje mediático existe una realidad mucho más preocupante: la historia de un criminal cuya trayectoria exhibe las debilidades institucionales de México y cuyos éxitos criminales representan uno de los mayores fracasos de la seguridad nacional contemporánea.

Conviene romper desde el inicio con uno de los mitos más difundidos. La historia de Joaquín Guzmán no es la de un hombre valiente que venció la pobreza mediante el esfuerzo, el trabajo y la perseverancia. Tampoco representa una épica de superación personal. Es la historia de un narcotraficante audaz, sofisticado, extraordinariamente violento y capaz de construir una organización criminal con presencia internacional mediante asesinatos, corrupción, intimidación y miles de toneladas de drogas enviadas principalmente hacia Estados Unidos. Su éxito criminal siempre descansó sobre la sangre de sus víctimas y sobre la debilidad de las instituciones encargadas de combatirlo.

Junto con Ismael “El Mayo” Zambada, Guzmán consolidó al Cártel de Sinaloa como una de las organizaciones criminales más poderosas del planeta. Su estructura financiera, logística y operativa trascendió las fronteras mexicanas hasta convertirla en una empresa multinacional del crimen organizado. El dinero obtenido mediante el tráfico de drogas permitió corromper autoridades, adquirir armamento de alto poder, controlar territorios completos e infiltrar instituciones públicas. No se trataba únicamente de delincuencia organizada; era una amenaza directa para la estabilidad del Estado mexicano y para la gobernabilidad de regiones enteras del país.

Precisamente por ello, la historia del Chapo debe analizarse desde la perspectiva de la seguridad nacional y no únicamente desde la óptica policiaca o judicial. Su ascenso coincide con la transformación del narcotráfico en el principal desafío estratégico para México durante el primer cuarto del siglo XXI. Si los últimos años del siglo XX estuvieron marcados por magnicidios, levantamientos armados, crisis económicas y la transición democrática, el nuevo siglo quedó definido por la expansión del crimen organizado, la captura de instituciones, la violencia generalizada y la disputa territorial entre organizaciones criminales cada vez mejor armadas y con mayor capacidad financiera.

Puede afirmarse, incluso, que el narcotráfico desplazó a otras amenazas tradicionales de la seguridad nacional. Ninguna organización insurgente, ningún grupo terrorista y ninguna potencia extranjera ha logrado afectar simultáneamente la economía, la gobernabilidad, la seguridad pública, la política local, las finanzas, las relaciones internacionales y la percepción ciudadana como lo hicieron los grandes cárteles mexicanos. El caso del Chapo Guzmán sintetiza esa evolución. Su historia demuestra cómo un delincuente puede convertirse en un actor capaz de desafiar abiertamente al Estado cuando convergen corrupción, impunidad e inteligencia deficiente.

La primera captura de Joaquín Guzmán ocurrió el 9 de junio de 1993 en Guatemala. El narcotraficante escapaba después de la balacera registrada en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara, enfrentamiento que terminó con la muerte del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. Aquel asesinato marcó un antes y un después en la percepción del narcotráfico en México. Independientemente de las distintas hipótesis que durante décadas han rodeado ese caso, quedó claro que las organizaciones criminales habían adquirido un nivel de violencia capaz de provocar una crisis política, religiosa y diplomática de enormes dimensiones.

Tras su captura, Guzmán fue trasladado inicialmente al penal federal de Almoloya de Juárez y posteriormente enviado, en 1995, al Centro Federal de Readaptación Social de Puente Grande, en Jalisco. Formalmente cumplía una condena por cohecho y asociación delictuosa. En apariencia, el Estado mexicano había neutralizado a uno de los principales líderes criminales del país. Sin embargo, los años posteriores demostrarían que el encarcelamiento era solamente una ilusión. Desde el interior del penal, Guzmán comenzó a reconstruir su poder mediante una extensa red de corrupción que terminó por convertir el centro penitenciario en una prolongación de su organización criminal.

La prisión dejó de cumplir su función esencial: aislar al delincuente de su estructura criminal. Por el contrario, Puente Grande terminó funcionando como una oficina administrativa desde donde el capo continuó tomando decisiones estratégicas. Los sobornos alcanzaban custodios, personal administrativo, funcionarios y directivos. Diversas investigaciones posteriores revelaron que existía una red de complicidades conocida entre los propios internos como “La Familia”, encargada de garantizar privilegios, comunicaciones y movilidad dentro del penal. La cárcel federal había sido capturada por el crimen organizado sin necesidad de disparar un solo tiro.

La fuga del 19 de enero de 2001 constituye uno de los episodios más vergonzosos en la historia penitenciaria mexicana. Oficialmente, Joaquín Guzmán abandonó el penal oculto entre ropa sucia dentro de un carrito de lavandería empujado por Francisco Javier Camberos Rivera, conocido como “El Chito”. Cruzó seis filtros de seguridad sin ser detectado. Posteriormente fue colocado en la cajuela de un automóvil particular y abandonó tranquilamente el complejo penitenciario. La explicación oficial parecía inverosímil precisamente porque detrás de aquel carrito existía una operación de corrupción cuidadosamente planeada durante meses.

Lo verdaderamente relevante no fue el carrito de lavandería. Lo trascendente fue comprobar que ningún sistema de seguridad puede resistir cuando quienes deben hacerlo funcionar han sido comprados por el crimen organizado. Las cámaras, los muros, las puertas blindadas, los detectores y las torres de vigilancia se vuelven inútiles cuando existe corrupción institucional. El verdadero túnel por donde escapó Guzmán no era físico; era la complicidad de servidores públicos que decidieron vender su responsabilidad constitucional al mejor postor.

Las investigaciones posteriores confirmaron la magnitud del desastre institucional. Setenta y una personas fueron procesadas, incluidos custodios, comandantes, funcionarios y el propio director del penal, Leonardo Beltrán Santana, quien posteriormente fue condenado por facilitar la evasión. Aquellos procesos judiciales buscaban demostrar que el Estado reaccionaba frente al escándalo. Sin embargo, la sanción individual nunca logró responder la pregunta esencial: ¿cómo fue posible que durante años una prisión de máxima seguridad operara prácticamente al servicio de uno de los criminales más peligrosos del continente?

La fuga produjo consecuencias estratégicas de enorme alcance. Durante trece años, Joaquín Guzmán permaneció prófugo y aprovechó ese periodo para consolidar al Cártel de Sinaloa como la organización criminal dominante en buena parte del continente americano. Se ampliaron rutas internacionales, crecieron las redes de lavado de dinero, aumentó la producción de drogas sintéticas y se fortalecieron alianzas con organizaciones criminales extranjeras. Aquella fuga no representó solamente la evasión de un preso; permitió el fortalecimiento de una empresa criminal cuyas consecuencias todavía afectan la seguridad de México.

Mientras el Estado mexicano perdía credibilidad, el mito del Chapo crecía exponencialmente. Cada operativo fallido, cada rumor sobre su ubicación y cada fotografía clandestina alimentaban la percepción de que era un hombre invencible. La narcocultura aprovechó esa narrativa para convertirlo en personaje de corridos, películas y series de televisión. Poco a poco se fue construyendo una imagen distorsionada donde el criminal aparecía como estratega brillante, hombre humilde o incluso benefactor social, ocultando deliberadamente la violencia extrema que acompañó el crecimiento del Cártel de Sinaloa.

Ese proceso de romantización constituye uno de los daños culturales más profundos provocados por el narcotráfico. Cuando la sociedad comienza a admirar al delincuente, la batalla por la seguridad ya no se libra únicamente en las calles, sino también en la conciencia colectiva. El éxito económico obtenido mediante actividades ilícitas empieza a presentarse como una alternativa legítima para miles de jóvenes que observan pocas oportunidades de movilidad social. El narcotraficante deja de ser visto como un criminal para convertirse en modelo aspiracional.

La segunda captura ocurrió el 22 de febrero de 2014 en Mazatlán, Sinaloa, mediante un operativo ejecutado por elementos de la Marina Armada de México. Semanas antes, trabajos de inteligencia habían permitido ubicar varias casas de seguridad conectadas mediante sofisticados túneles que desembocaban en el drenaje pluvial de Culiacán. Aquella infraestructura clandestina mostraba el enorme nivel de planeación logística alcanzado por la organización criminal y también evidenciaba la capacidad técnica desarrollada por las fuerzas federales para localizarlo después de más de una década prófugo.

La detención fue presentada como uno de los mayores éxitos de la estrategia de seguridad del Estado mexicano. Sin embargo, la celebración duró poco. El 11 de julio de 2015, apenas dieciséis meses después, Joaquín Guzmán volvió a escapar, ahora del penal federal del Altiplano, mediante un túnel de aproximadamente kilómetro y medio de longitud construido con sistemas de ventilación, iluminación y transporte motorizado. Nuevamente el mundo observó cómo el narcotraficante más famoso del planeta burlaba al Estado mexicano desde una prisión considerada de máxima seguridad.

La segunda fuga resultó todavía más devastadora para la credibilidad institucional. Ya no podía atribuirse únicamente a errores administrativos o descuidos operativos. La construcción de un túnel de semejantes dimensiones requería recursos financieros, ingeniería especializada, información privilegiada y un prolongado periodo de ejecución. Pensar que ninguna autoridad detectó aquellas obras resulta prácticamente imposible. La conclusión inevitable es que existieron graves fallas de inteligencia o, peor aún, nuevas redes de complicidad institucional.

Desde la óptica de la seguridad nacional, ambas evasiones representan auténticos fracasos estratégicos. Un Estado pierde capacidad disuasiva cuando demuestra que ni siquiera puede mantener bajo custodia a sus principales objetivos criminales. La autoridad se debilita frente a la sociedad, frente a los propios delincuentes y también frente a los gobiernos extranjeros. La confianza en las instituciones disminuye y el crimen organizado obtiene un enorme triunfo propagandístico que fortalece sus procesos de reclutamiento, intimidación y expansión territorial.

La recaptura definitiva ocurrida en enero de 2016, nuevamente mediante un operativo de la Marina, y su posterior extradición hacia Estados Unidos cerraron parcialmente uno de los capítulos más complejos de la historia criminal mexicana. El juicio celebrado en Nueva York exhibió la dimensión internacional del Cártel de Sinaloa, sus redes financieras y la enorme cantidad de droga distribuida durante décadas. Finalmente, Guzmán recibió cadena perpetua más treinta años adicionales, una sentencia que prácticamente garantiza que jamás volverá a recuperar su libertad.

Paradójicamente, el encarcelamiento definitivo del Chapo no significó el fin del problema. Las organizaciones criminales evolucionan precisamente porque no dependen exclusivamente de un líder. Son estructuras empresariales capaces de sustituir mandos, diversificar actividades ilícitas y adaptarse rápidamente a los cambios. Hoy el tráfico de fentanilo, las disputas internas del propio Cártel de Sinaloa y la fragmentación de otros grupos criminales demuestran que capturar capos, aunque necesario, resulta insuficiente para desmantelar mercados ilícitos multimillonarios.

Esa constituye quizá la principal lección estratégica. Durante años, México apostó por una política centrada en la captura de líderes criminales bajo la lógica de la llamada “decapitación” de las organizaciones. Sin embargo, la experiencia demuestra que cada detención fue seguida por procesos de fragmentación, disputas internas y nuevos ciclos de violencia. El crimen organizado no desapareció; simplemente cambió de dirigentes, modificó sus alianzas y diversificó sus fuentes de ingreso hacia delitos como extorsión, trata de personas, robo de combustibles y tráfico de migrantes.

La seguridad nacional exige una visión mucho más amplia. Implica fortalecer inteligencia estratégica, combatir las finanzas criminales, blindar aduanas y puertos, impedir el tráfico ilegal de armas, profesionalizar policías, fortalecer ministerios públicos, modernizar sistemas penitenciarios y construir instituciones inmunes frente a la corrupción. Mientras esas capacidades no se consoliden, cualquier captura relevante correrá el riesgo de convertirse únicamente en un triunfo temporal dentro de una guerra mucho más compleja.

También deja una enseñanza sobre la importancia de los sistemas penitenciarios. Una prisión de máxima seguridad no puede depender exclusivamente de infraestructura física. Debe sustentarse en estrictos controles de confianza, monitoreo patrimonial permanente, rotación de personal, inteligencia penitenciaria y supervisión independiente. La corrupción penitenciaria representa una amenaza directa para la seguridad nacional porque permite que los líderes criminales mantengan comunicación con sus organizaciones o, como ocurrió en el caso del Chapo, recuperen completamente su libertad.

Otra lección indispensable tiene que ver con la inteligencia del Estado. Durante muchos años predominó la reacción sobre la prevención. Las instituciones actuaban después de los hechos consumados en lugar de anticiparlos. La inteligencia estratégica debe identificar procesos de infiltración institucional, movimientos financieros sospechosos, redes de corrupción y vulnerabilidades críticas antes de que produzcan daños irreversibles. Un Estado moderno no puede limitarse a perseguir delincuentes; debe impedir que éstos construyan estructuras capaces de desafiar su autoridad.

El caso Guzmán también obliga a reflexionar sobre la cooperación internacional. El narcotráfico contemporáneo funciona mediante cadenas globales de suministro, lavado de dinero, producción química, tráfico de armas y distribución internacional. Ningún país puede enfrentar por sí solo organizaciones con presencia en varios continentes. La cooperación bilateral y multilateral resulta indispensable, siempre preservando la soberanía nacional y fortaleciendo las capacidades propias del Estado mexicano para evitar depender exclusivamente del apoyo extranjero.

Finalmente, existe una lección ética que suele olvidarse. La narcocultura ha convertido a criminales como Joaquín Guzmán en personajes de entretenimiento, desplazando del centro de la historia a las verdaderas víctimas: miles de personas asesinadas, desaparecidas, desplazadas, reclutadas por la fuerza o atrapadas en comunidades dominadas por el crimen organizado. El desafío consiste en recuperar una narrativa donde el éxito no se mida por la capacidad para desafiar al Estado mediante la violencia, sino por el fortalecimiento de las instituciones democráticas y del Estado de derecho.

La historia del Chapo Guzmán, vista desde la seguridad nacional, no es únicamente la biografía de un narcotraficante extraordinariamente poderoso. Es, sobre todo, el retrato de un Estado que durante décadas permitió que la corrupción debilitara sus capacidades institucionales hasta el punto de facilitar dos de las fugas más escandalosas del mundo. México no puede permitirse repetir esa historia. La verdadera victoria contra el crimen organizado no consistirá en capturar nuevamente al delincuente más famoso, sino en construir instituciones tan sólidas que ningún capo, por poderoso que sea, vuelva a estar por encima del Estado mexicano.

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