
Siempre he recibido buen trato de los argentinos, por eso esto lo escribo desde la empatía y con tristeza. En cuestión de horas, un país que aprecio acumuló tres derrotas: una en la cancha, otra en la conducta y una tercera, la más profunda y de mayor vergüenza: la política de Milei.
La primera fue contundente. España ganó 1 a 0, con 65% de posesión, más de 750 pases completados con 90% de precisión y 20 remates, 12 de ellos a portería. Mientras que Argentina no pateó una sola vez al arco; abrazó la trampa y apostó por la complicidad del arbitraje, con dos goles anulados, uno de ellos de manera injusta. En todo el partido no se vio una determinación del equipo, hasta los últimos cinco minutos del juego. Argentina se decidió por un futbol feo y embustero, sin duda una degradación futbolística.
La segunda es la del respeto y el espíritu deportivo. Durante todo el partido, Argentina eligió la desvergüenza, se divorció no solo del juego bonito, sino también del futbol; apostó por las groserías, las faltas y el cinismo.
Al final del partido fue peor, lo que no lograron en la cancha lo reflejaron con golpes, cuando sus jugadores se fueron encima de quienes festejaban el triunfo de España. No conformes con eso, dieron la espalda durante la premiación, una falta de respeto no solo al equipo campeón, sino al futbol mismo.
Pero esta grosería no paró en la cancha, se registraron altercados violentos en todos lados donde estaba la hinchada argentina, en especial en el estadio y sobre todo en el Obelisco de Buenos Aires, donde incluso se registraron muertes, heridos y detenidos. Una verdadera vergüenza.
Quienes hemos practicado algún deporte, sabemos que no felicitar a quien ganó es renunciar a la esencia deportiva: ganar con humildad y perder con dignidad. Argentina ganó, sin duda, el premio a la peor actitud del Mundial; mención honorífica al señor que sacó una tarjeta roja en el partido a argentinos que le gritaban. Demostró que una sonrisa es más fuerte que las groserías.
La tercera derrota es la que importa, la más dolorosa, y es el rumbo negro del país bajo Milei. Si bien se reconocen logros macroeconómicos como la reducción de la inflación y el crecimiento del PIB, los grandes perdedores son los que menos tienen.
Milei vetó dos veces los aumentos salariales a jubilados, el financiamiento a las universidades y a las pensiones por discapacidad. El resultado: la pobreza sigue en torno al 30% y el desempleo sube. Además impulsó una nueva reforma laboral: jornadas de hasta doce horas, períodos de prueba más largos, indemnizaciones recortadas, y lo peor, el regreso a la tienda de raya, con salarios pagados en especie. Aquí quien más sufre es el pueblo.
Tres derrotas, tres conclusiones distintas. Para la primera, la futbolística se acepta con resignación: las estadísticas fueron implacables, ganó el mejor, ganó el fútbol. La segunda, de la conducta y la ética, obliga a una reflexión profunda sobre su educación, y deben reconocer que representa lo peor de Argentina, no a Argentina.
La tercera es la única que no admite resignación. Con estos números, de continuar con el rumbo actual, se conducirá a una mayor exclusión y pobreza, sobre todo si se sigue viendo a un país como una hoja de cálculo e importan más variables que el dolor humano. Por eso, más que lamentar la copa que se fue, lo urgente para Argentina es un cambio de rumbo: uno que ponga a las personas en el centro y reparta los sacrificios con justicia. Frente al socarrón “y vos, ¿cuántas copas tenés?”, como mexicano puedo decir con mucho orgullo que tenemos una selección que luchó y perdió con la frente en alto, dentro y fuera de la cancha. Y prefiero mil veces tener un gobierno que se preocupe por su nación y con una visión humanista, que tener una copa vacía e intrascendente. Las finales se pierden y se vuelven a jugar. El futuro de un pueblo, no.






