
Durante uno de mis recorridos por el Distrito 12, viví una de esas jornadas que llenan el corazón de esperanza. Ahí conocí a Fátima y Eduardo. Dos jóvenes brillantes, sonrientes y llenos de sueños, que acababan de graduarse de secundaria a través del Programa de Educación Migrante en Chiapas.
Me contaron cómo este programa les abrió las puertas al conocimiento y a nuevas oportunidades. Lo que más les emocionaba no era solo haber terminado un ciclo escolar, sino el acompañamiento humano que recibieron.
“Nuestros maestros fueron pacientes, nos entendieron. Nunca nos juzgaron por venir de otro lugar ni por hablar de forma distinta”, me dijo Fátima con una sonrisa.
Lo mejor de todo es que más de 200 jóvenes migrantes culminaron sus estudios de educación básica y media superior, gracias a un modelo educativo sensible, flexible y profundamente humano, que reconoce y atiende las realidades complejas de quienes viven en contextos de movilidad.
Este programa, impulsado por la Secretaría de Educación Pública en coordinación con autoridades estatales, está diseñado especialmente para hijas e hijos de jornaleros agrícolas migrantes, quienes se desplazan frecuentemente entre regiones y estados, muchas veces siguiendo los ciclos de cosecha y los caminos del trabajo rural.
A diferencia del sistema escolar tradicional, este modelo adapta los calendarios, contenidos y métodos de enseñanza a las condiciones de vida de las familias migrantes. Para ello, el programa cuenta con aulas temporales, materiales multigrado, docentes formados en atención intercultural, y una pedagogía centrada en el respeto a la lengua, cultura y ritmo de aprendizaje de cada estudiante.
Además, se promueve la vinculación con las comunidades, se generan condiciones para la permanencia escolar y se trabaja de la mano con madres y padres de familia para fortalecer el arraigo educativo. Todo ello bajo el principio fundamental de que la educación es un derecho que no se suspende por moverse de lugar, por hablar una lengua distinta o por vivir en situación de vulnerabilidad.
Desde el Congreso de la Unión, hemos insistido en la importancia de fortalecer estos programas y garantizar su permanencia. Porque en Chiapas, tierra de paso y de destino, no podemos cerrar los ojos ante quienes caminan con nosotros y aportan cada día al campo, a la economía, a la vida comunitaria.
Fátima quiere ser enfermera; Eduardo sueña con estudiar agronomía. Ellos, como muchos otros, son el rostro de un futuro que ya camina con paso firme. Celebro con orgullo su graduación y reafirmo mi compromiso para que la educación migrante no sea un esfuerzo aislado, sino una política pública sólida, replicable y con presupuesto suficiente.
En cada aula incluyente se construye un país más justo. En cada joven que no abandona la escuela, se escribe una historia distinta. Gracias, Fátima y Eduardo, por recordarnos que cuando se enseña con empatía, se aprende con dignidad.






