El escote de Sydney Sweeney y la sexualización en redes sociales

Por: Onel Ortiz @onelortiz

En el vasto territorio digital de nuestros días, donde la imagen se ha convertido en una de las formas más poderosas de comunicación, el cuerpo —y en particular el cuerpo femenino— ocupa un lugar central en el debate público. No se trata de un fenómeno nuevo, ni mucho menos inédito, pero sí de una expresión contemporánea que ha alcanzado niveles antes insospechados, y que merece una reflexión profunda: la sexualización en redes sociales.

Plataformas como Instagram, TikTok y OnlyFans se han convertido en escenarios donde convergen el deseo, la economía, la libertad de expresión, la censura, la moral social, la industria del entretenimiento y el activismo feminista. Uno de los casos más paradigmáticos es el de la actriz estadounidense Sydney Sweeney, quien ha roto esquemas no sólo por su carrera actoral en series como Euphoria, sino por su enorme impacto en redes sociales. Sweeney ha sido convertida, con su consentimiento o sin él, en un símbolo de la hipersexualización mediática: cada foto, cada atuendo, cada gesto suyo en Instagram genera miles de comentarios y millones de vistas. Y detrás de ese fenómeno, no sólo hay una persona, hay un aparato comercial, mediático y cultural que convierte la apariencia femenina en capital.

Sin embargo, lo de Sweeney es apenas la punta del iceberg. El verdadero epicentro del debate se encuentra en plataformas como OnlyFans, un servicio de suscripción que ha democratizado el acceso a contenido erótico o sexual a cambio de pagos directos. El 80% de los contenidos de esta red provienen de cuentas manejadas por mujeres cuya oferta principal es el erotismo en diversas formas. Y si bien es cierto que en el fondo no hay nada nuevo bajo el sol —pues desde tiempos antiguos la sensualidad se ha vinculado con expresiones artísticas, religiosas o económicas— el formato, la escala y la autonomía con la que ahora se difunde han cambiado radicalmente.

Aquí el debate se tensa. Para muchos, el auge de este tipo de plataformas representa una forma de empoderamiento femenino: mujeres que deciden por sí mismas mostrar sus cuerpos, lucrar con su imagen y tomar control de sus ingresos sin intermediarios. Desde esta perspectiva, prohibir o censurar dichas expresiones es una forma de patriarcalismo revestido de corrección política. Otros, en cambio, advierten que no todo lo que parece libertad lo es en verdad: detrás de muchas cuentas de OnlyFans o TikTok podría haber dinámicas de trata de personas, explotación sexual, coerción emocional, fraudes o promesas falsas de fama digital.

Por ello, el primer paso es combatir la doble moral. No se puede defender la libertad de expresión sólo para algunos contenidos o cuando conviene al orden conservador. O somos defensores plenos de la libertad de expresión o no lo somos. Si una mujer desea mostrar su cuerpo en redes sociales —por gusto, por arte, por negocio o por estrategia digital— y lo hace de forma libre, consciente y sin violar los derechos de otros, entonces eso es libertad. Lo inadmisible es que lo haga obligada, chantajeada, manipulada o como consecuencia de una cultura de la precariedad económica que convierte la hipersexualización en la única ruta para obtener ingresos.

En redes como TikTok e Instagram, se ha detectado una tendencia constante: mientras más “sensual” es el contenido, más likes, más seguidores, más alcance. La fórmula parece simple y efectiva. Una joven sube un video con poca ropa, movimientos insinuantes o frases ambiguas, y el algoritmo premia esa exposición. Esto ha generado un fenómeno curioso: una competencia por la visibilidad que empuja a muchas mujeres a entrar en la lógica de la sexualización como herramienta de posicionamiento digital. No se trata aquí de culpar a las mujeres por jugar con las reglas del sistema, sino de cuestionar las reglas del sistema que premian este tipo de contenido por encima de otros. ¿Por qué un video con un mensaje educativo tiene cien vistas, y uno con un escote sugerente alcanza los cinco millones?

Lo complejo de este fenómeno es que las redes sociales no son sólo plataformas de expresión, sino también espacios de trabajo. Influencers, modelos, actrices, creadoras de contenido viven de la atención que generan. Y si el mercado digital les exige “mostrar más” para mantenerse vigentes, muchas terminan cayendo en una lógica donde el cuerpo se convierte en mercancía de consumo instantáneo.

Pero este problema no se resuelve con censura. Las plataformas digitales no deben transformarse en nuevos guardianes del cuerpo femenino. Ya bastante ha hecho la historia imponiéndole normas, prohibiciones, velos y castigos. Lo que sí debe hacerse es generar una política pública integral de educación digital con perspectiva de género, donde se enseñe a niños, adolescentes y adultos a navegar críticamente en estos espacios, a construir identidad sin depender del juicio ajeno, a respetar el consentimiento, y a denunciar cuando una publicación se convierte en acoso, amenaza o explotación.

En este contexto, los gobiernos tienen una enorme responsabilidad. Deben garantizar la libertad de expresión, pero también asegurar que dicha libertad no se convierta en pretexto para la violencia. Deben crear leyes claras que castiguen la trata de personas en el mundo digital, las estafas sexuales, la distribución no consentida de imágenes íntimas, el acoso cibernético, pero sin caer en moralismos que infantilicen o estigmaticen a las mujeres que usan su imagen como parte de su identidad o trabajo.

También los hombres tenemos una tarea pendiente: cuestionar el tipo de consumo digital que hacemos. Si seguimos premiando con clics, comentarios y suscripciones sólo a quienes sexualizan su contenido, estaremos reforzando el patrón que hoy criticamos. Debemos aprender a disfrutar, admirar y apoyar la diversidad de contenidos que existen en las redes, desde el erotismo bien logrado hasta la ciencia, el arte, la educación o la crítica política.

Volviendo al ejemplo de Sydney Sweeney, lo verdaderamente relevante no es si muestra o no su cuerpo, sino que detrás de su figura pública hay una mujer que debe enfrentarse cada día al escrutinio brutal de internet. Como ella, miles de jóvenes en todo el mundo reciben mensajes obscenos, insultos, juicios y amenazas simplemente por mostrarse como desean. La libertad de expresión no sólo debe ser defendida para hablar, sino también para vestir, para posar, para proyectarse como uno quiera, sin que eso implique automáticamente una invitación al abuso o la agresión.

A fin de cuentas, las redes sociales son un espejo de la sociedad que somos, no la causa de nuestros males. Si la sexualización se ha convertido en moneda corriente en internet, no es culpa del internet, sino de una cultura que ha hecho del cuerpo femenino un campo de batalla, un trofeo de guerra, un producto de consumo o un símbolo de poder.

Debemos transitar hacia un nuevo modelo de convivencia digital donde las mujeres puedan mostrarse como quieran, sin ser reducidas a una clasificación, sin que cada fotografía sea un juicio moral, y sin que cada seguidor sea una amenaza potencial. Donde exista un marco legal que proteja, una política educativa que prevenga y una ética colectiva que respete.

La sexualización no desaparecerá con censura. Sólo desaparecerá el día que deje de ser rentable como única vía de visibilidad. Y para que eso ocurra, debemos construir una sociedad donde valga la pena ser visto por lo que se piensa, por lo que se crea, por lo que se propone. Mientras tanto, viva la libertad, abajo la doble moral y que cada quien decida cómo y cuándo mostrarse, siempre que sea libremente, siempre que no sea a costa de otras personas, siempre que haya dignidad. Esa es la verdadera revolución digital que nos falta. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

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https://youtu.be/fFLL19mXL9w?si=5RGfBvDkhpql5Y9X

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