
Morena cumplió quince años y, como toda quinceañera, tuvo su fiesta. Hubo invitados, discursos, videos, música, reconocimientos y fotografías para el recuerdo. Pero en política, como en la vida, las celebraciones también se explican por lo que no se dice, por los que llegan a la pachanga y por los que faltaron. La conmemoración realizada en el Auditorio Nacional dejó muchas imágenes, algunas reveladoras y otras simplemente anecdóticas. Lo verdaderamente importante no estuvo en los discursos, sino en las ausencias, los silencios y las contradicciones de un movimiento que nació para transformar al país y que, quince años después, concentra un poder político inmenso.
¿Por qué celebrar en el Auditorio Nacional y no en el Zócalo de la Ciudad de México? La respuesta está en la historia. El 2 de octubre de 2011, en ese recinto, nació formalmente Morena como asociación civil, encabezada por Andrés Manuel López Obrador. Tres años después obtuvo su registro como partido político, en 2015 participó por primera vez en elecciones federales y en 2018 conquistó la Presidencia de la República. En apenas siete años pasó de ser un movimiento de resistencia a convertirse en la principal fuerza política nacional. Regresar al Auditorio Nacional significó reencontrarse simbólicamente con sus orígenes, aunque las circunstancias actuales sean radicalmente diferentes.
Desde temprano, las escaleras del Auditorio Nacional, frente a la escultura de Juan Soriano, comenzaron a pintarse de guinda. Llegaron algunos fundadores, pero principalmente cuadros nacionales y estatales, dirigentes y militantes provenientes de distintas regiones del país. Todos con sus mejores atuendos partidistas. Se veían felices, aunque no particularmente eufóricos. Era una celebración de dirigentes, más que una movilización popular. La diferencia no es menor. Morena nació en las plazas públicas, en las calles, en las asambleas y en las movilizaciones ciudadanas. Quince años después, sus principales celebraciones parecen transcurrir entre funcionarios, legisladores, gobernadores y aspirantes a cargos públicos.
Para guardar las formas, la presidenta Claudia Sheinbaum y diversos servidores públicos evitaron asistir, bajo el argumento de que se trataba de un horario laboral. Sin embargo, estuvieron presentes gobernadores morenistas y senadores que habían concluido temprano su sesión. Algunos diputados llegaron prácticamente al final, por lo que sus asientos permanecieron vacíos durante buena parte de la ceremonia. Tampoco hubo representación de los aliados electorales de Morena: ni del Partido del Trabajo ni del Partido Verde Ecologista de México. Una ausencia significativa, considerando que buena parte de las mayorías legislativas y de los triunfos electorales del movimiento están en esa alianza.
No hubo sorpresas. No llegó Claudia Sheinbaum y mucho menos Andrés Manuel López Obrador. Quien sí apareció fue Andrés Manuel López Beltrán, Andy, ubicado discretamente en una zona central por la decima fila. No fue mencionado desde el presídium y mantuvo un comportamiento reservado, aunque su presencia difícilmente podía pasar inadvertida. Los más solicitados para las fotografías fueron los diecisiete coordinadores estatales, considerados los principales prospectos para las gubernaturas que estarán en disputa en 2027. Sonreían, saludaban y posaban para las selfies. La escena parecía más una reunión anticipada de candidatos que una reflexión colectiva sobre los quince años de historia del movimiento.
Carolina Rangel, secretaria general del partido, debutó como maestra de ceremonias. Su desempeño fue de regular a malo. Olvidó mencionar algunos nombres, como el de Nacho Mier, coordinador de los senadores y nunca consiguió imprimirle ritmo a una celebración que terminó siendo demasiado larga. Los discursos fueron correctos, pero numerosos y repetitivos. Intervinieron Alfonso Durazo, Cuitláhuac García, Epigmenio Ibarra, Camila Martínez y Ariadna Montiel. Se repitieron los mantras del movimiento: transformación, pueblo, justicia social, soberanía y combate al neoliberalismo. Nada nuevo bajo el sol. Faltó autocrítica, sobró complacencia y nadie quiso hacerse cargo de las contradicciones que acompañan al ejercicio del poder.
El elefante en la sala, mejor dicho en el auditorio, fueron las acusaciones provenientes de Estados Unidos y las presiones políticas que enfrenta México desde Washington. Algunos oradores abordaron superficialmente el asunto; otros prefirieron minimizarlo. Nadie planteó una estrategia política frente a los riesgos de injerencia extranjera. Tampoco hubo una reflexión seria sobre los escándalos que involucran a personajes del movimiento, el deterioro de su vida interna o la creciente distancia entre dirigentes y militantes. Pareciera que para algunos morenistas reconocer los problemas equivale a darle argumentos a la oposición. Se equivocan. Los problemas no desaparecen por ignorarlos y mucho menos por repetir consignas.
La ceremonia incluyó cinco videos, algunos emotivos y otros excesivamente propagandísticos. Eugenia León ofreció uno de los mejores momentos al interpretar La Paloma. También resultaron significativos los reconocimientos a Enrique Semo y Bernardo Bátiz, representantes de una generación de luchadores de izquierda que contribuyó a construir el movimiento. Sin embargo, llamó la atención la ausencia de Porfirio Muñoz Ledo en el homenaje a los integrantes fallecidos. Sus diferencias posteriores con López Obrador no deberían borrar su participación histórica. La memoria política no puede convertirse en un instrumento para premiar lealtades y castigar discrepancias. Un movimiento democrático debe reconocer también a quienes terminaron pensando diferente.
El regalo de quince años llegó de quien no estuvo presente. Andrés Manuel López Obrador reapareció públicamente para presentar Pueblo, su libro más reciente, que puede leerse como un testamento político. En sus páginas desarrolla su interpretación de la historia nacional, reafirma los principios del humanismo mexicano y establece una ruta ideológica para el movimiento que fundó. También delimita quiénes pueden utilizar electoralmente su imagen y su legado. En otras palabras, dentro de la llamada Cuarta Transformación hay hijos y entenados.
Morena llega a sus quince años sobrado de poder, recursos y posiciones institucionales. Gobierna la República, controla veintitrés entidades federativas, dispone de mayorías constitucionales mediante sus alianzas en el Congreso de la Unión y tiene una presencia determinante en numerosos congresos locales. Su influencia alcanza también al Poder Judicial y cuenta con una poderosa estructura territorial. Los programas sociales han contribuido a consolidar una base electoral considerable, aunque deben mantenerse separados de cualquier operación partidista. Sin embargo, Morena no luce tan fuerte como indican sus números. Su principal debilidad es la ausencia de liderazgos políticos y éticos con autoridad propia, más allá de Claudia Sheinbaum y López Obrador.
La paradoja es evidente. Morena tiene más poder que nunca, pero enfrenta dificultades para procesar sus diferencias internas, renovar sus cuadros y construir liderazgos capaces de trascender las disputas por candidaturas. El pragmatismo electoral ha incorporado a personajes provenientes de prácticamente todos los partidos, algunos con trayectorias incompatibles con los principios fundacionales. La disciplina frecuentemente sustituye al debate y la cercanía con los dirigentes pesa más que la congruencia ideológica. Ganar elecciones se convirtió en el principal objetivo, cuando debería ser solamente un medio para transformar la realidad nacional. La pregunta inevitable es si Morena seguirá siendo un movimiento transformador o terminará convertido en una maquinaria electoral.
La elección de 2027 no será una elección cualquiera. Morena no enfrentará únicamente al PAN, al PRI o a Movimiento Ciudadano, ni le bastará construir adversarios a la medida para movilizar a sus simpatizantes. El contexto internacional es distinto. Donald Trump ha demostrado su disposición a utilizar la presión económica, diplomática y política para influir en los asuntos de otros países. México debe prepararse frente a posibles intentos de intervención, sin confundir los riesgos reales con acusaciones que todavía requieren pruebas. Defender la soberanía exige instituciones fuertes, unidad nacional y una estrategia política que trascienda las fronteras partidistas. No alcanza con discursos patrióticos.
Quince años después, Morena tiene motivos para celebrar, pero también razones suficientes para preocuparse y ocuparse. Su mayor desafío no consiste en conservar gubernaturas, aumentar diputaciones o derrotar nuevamente a una oposición debilitada. Consiste en evitar que el ejercicio del poder termine destruyendo los principios que le dieron origen. Andrés Manuel López Obrador construyó un movimiento alrededor de una causa; sus herederos corren el riesgo de reducirlo a una disputa por cargos y privilegios. La fiesta de 15 años terminó, los invitados regresaron a sus estados y quedaron las fotografías. Algunos en autobuses, otros en el metro y otros más en sus camionetas de lujo. Muchos se fueron a sus casas a cenar. Otros cuánto se quedaron de ver en los restaurantes de Polanco para continuar la celebración de luchar por la igualdad y la austeridad en México. Falta saber si también quedó alguna reflexión. Porque cumplir quince años no significa alcanzar la madurez política. Esa todavía está por demostrarse.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
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