
La soberanía vuelve a ocupar un lugar central en la relación entre los Estados. En un momento en que Estados Unidos redefine su política exterior y endurece su postura frente a temas como la migración, la seguridad, el comercio y el combate al narcotráfico, este concepto adquiere una relevancia particular para México, cuya relación con el país vecino atraviesa una etapa de renovadas tensiones.
Estados Unidos desarrolla relaciones que tienden a disminuir voluntades de coexistencia pacífica creando tensiones más que acercamientos, poniendo a prueba el entramado institucional creado al interior de los estados nación.
El caso de México es de relevancia por la ubicación geográfica intensa, por los movimientos en la frontera con Estados Unidos y en todos los espacios que presentan vinculaciones de importancia y donde la iniciativa parece llevarla el país de mayor poderío en el mundo.
Aquí entonces se muestran dificultades que, incluso, desafían la institucionalidad, en especial la que podría suponer pérdida en el poder soberano del Estado mexicano.
De esta manera, nociones como la de hibridez cultural, que supone procesos de mezcla racional entre diversas nacionalidades en delimitaciones fronterizas, en el caso de la frontera norte mexicana y sur estadounidense, encuentra nuevas posiciones que obstaculizan ese fenómeno intercultural que parecía normal hasta el ascenso del segundo periodo de gobierno de Donald Trump.
Ahora es sustituido por el control de los movimientos migratorios y el combate de los denominados grupos terroristas, en referencia a organizaciones vinculadas a actividades de narcotráfico.
Este hecho es interpretado por el gobierno norteamericano en la supuesta debilidad de la presidenta Claudia Sheinbaum, lo cual supone imposibilidad de control sobre grupos de la delincuencia organizada cuya operación tiene proyección en el espacio estadounidense, afectando a su población juvenil, sobre todo quienes son objeto de las adicciones que causa el tráfico de drogas.
El asunto tiene variados ángulos de interpretación. Uno de ellos, el tráfico de drogas al interior del territorio norteamericano y la red que controla ese movimiento. Otro sería el pernicioso movimiento de producción y comercialización de armas en ese país que son trasladadas para el uso de esos grupos terroristas que pretende atacar Trump.
Este asunto es parte de la agenda bilateral, como lo es el tema del Tratado de Libre Comercio, que ahora se encuentra sujeto a la decisión de revisarlo año con año y cuya evolución determinará decisiones políticas que impactarán con constancia la relación entre ambos países; incluso afectará la posición de Canadá. Por lo pronto, la política de aranceles es un asunto que mantendrá la atención del gobierno de Sheinbaum. Mientras esta agenda continúe evolucionando, el debate sobre la soberanía seguirá ocupando un lugar prioritario. La relación entre México y Estados Unidos exige cooperación permanente, pero también la preservación de la capacidad del Estado mexicano para definir sus decisiones con autonomía frente a los desafíos que ambos países comparten.




