
Uno de los instrumentos diplomáticos más importantes de nuestros tiempos es la Copa Mundial. Este es un claro ejemplo del soft power o poder suave, ya que, en muchas ocasiones, un Mundial o las Olimpiadas se han usado como una muestra de poder.
Los nazis en el 36 y la dictadura argentina en el 78 lo usaron como propaganda estatal y para buscar legitimidad internacional; Los Ángeles en el 84 fue el preludio de la Guerra Fría y una muestra de poder ante la URSS; Pekín 2008 mostró el poder de China y su papel de superpotencia; Sudáfrica 2010 lo posicionó como líder en el continente; y Catar 2022 buscó mostrar, y lo logró, su potencia financiera y ganarse un espacio en el concierto internacional.
En este Mundial, México empezó con un papel disminuido, con solo 13 partidos, mientras que Estados Unidos concentró 78, es decir, el 75% del torneo. Era la oportunidad de Trump de demostrar la América poderosa y usarlo como el escaparate de su MAGA; sin embargo, lejos del prestigio, se exhibieron tiroteos, redadas y un clima de temor para los aficionados.
Mientras tanto, México es el gran ganador en la diplomacia y en la imagen como país. Con el 12% de los partidos, ha acaparado la atención y el cariño del mundo. Lo ha logrado a partir de una gran anfitrionía, hermandad y solidaridad con todos los países. Y es el mejor ejemplo de lo que Jean Baudrillard señaló: “La seducción representa el triunfo de lo simbólico sobre la producción y la fuerza”.
¿A quién no conmovió el mensaje de agradecimiento de la selección iraní hacia México por recibirlos con los brazos abiertos? O el hermanamiento con coreanos, marroquíes, sudafricanos e iraquíes, entre muchos otros.
Las redes de todo el mundo han explotado con el ambientazo mostrado en México y el gran desempeño de la Selección Mexicana, un equipo con pasión que ha podido más que una federación opaca y desangelada.
Pero, más allá del anecdotario y de las escenas que nos han tocado al mundo, representa el nuevo liderazgo de México a nivel global; pero, sobre todo, representa el triunfo de la buena gente y muestra que la calidez, el cariño y la fraternidad son más poderosos que los retenes, la prepotencia, las groserías y las visas imposibles. La fuerza de un país está en su pueblo y México lo mostró. Además, dignifica a una FIFA podrida en mercantilismo y que traicionó sus propios principios.
Representa también el triunfo de lo auténtico. Pudo más la canción de Corey que las oficiales, que incluso la presidenta Claudia Sheinbaum señaló que es su canción favorita; y qué decir del pato Merlín, que se volvió, a pesar de la FIFA, la mascota auténtica, extraoficial y querida de esta celebración.
Hasta las botargas del Dr. Simi han tenido una presencia internacional, mientras que las mascotas oficiales, sin alma ni chiste, no fueron olvidadas, simplemente nunca estuvieron. Fueron borradas por un pato y una auténtica familia mexicana. El triunfo de la buena gente y de lo auténtico sobre la mercadotecnia, la prepotencia y la insensibilidad, nos llena de esperanza. También es el humanismo mexicano en acción y el poner a las personas al centro. México demuestra que la grandeza de un país no solo se mide por los goles o por la facturación, sino por la huella que deja en el corazón del mundo.






