
Las precipitaciones que se han presentado en los últimos días nos han permitido contrastar dos modelos de gobierno y, sobre todo, su atención a las emergencias. En México, los estados de Tamaulipas y Veracruz fueron afectados por las lluvias de la depresión tropical Barry durante la última semana de junio, dejando un saldo de tres personas fallecidas, algunas inundaciones y daños menores a infraestructura y viviendas.
Este impacto fue menor gracias a que el Gobierno de México y los gobiernos estatales activaron los protocolos de emergencia, establecieron refugios temporales, evacuaron a personas, suspendieron clases, entre otras medidas que mitigaron los efectos del fenómeno.
Mientras tanto, en Estados Unidos, Texas también fue impactado por los remanentes de Barry entre el 4 y el 7 de julio. En un inicio, tanto el gobierno como los ciudadanos minimizaron la situación y, cuando reaccionaron, ya era demasiado tarde.
No solo no se prepararon, sino que actuaron con indolencia; las alertas nunca llegaron a tiempo y no contaban con un sistema eficaz de prevención y mitigación. Incluso este mismo año, discutieron en su congreso local una propuesta para mejorar su sistema de protección civil, pero votaron en contra.
El resultado fue catastrófico: la ciudad de Kerrville quedó prácticamente inundada, más de 100 personas murieron y muchas más se reportan como desaparecidas. Los daños se estiman en millones de dólares.
Ante esta tragedia, los primeros en llegar fueron los rescatistas mexicanos, sin cámaras ni promesas. La realidad es que Texas cuenta más con México que con su torpe gobernador, quien es incapaz de ejercer la autoridad para salvar a su población, pero sí para confrontarla.
Mientras el gobernador de Texas habla de futbol americano y evita asumir responsabilidades, los mexicanos están en el lodo, ayudando a los texanos. El propio embajador Ronald Johnson agradeció a la presidenta Claudia Sheinbaum por las muestras de solidaridad y apoyo al pueblo estadounidense.
También la vocera del Departamento de Estado expresó, a nombre del Gobierno de Estados Unidos, su reconocimiento: “Estamos agradecidos con nuestros socios regionales, incluidos nuestros amigos y vecinos en México, quienes generosamente han enviado valientes bomberos y miembros de sus equipos de rescate acuático y de protección civil para apoyar los esfuerzos de búsqueda y rescate en Kerrville, Texas”.
Estos hechos nos muestran cómo las emergencias pueden ser atendidas de dos formas diferentes: una, tardía, indolente e insensible, más interesada en imponer aranceles al mundo, centrada en la cortesanía, la vanidad de Trump y un proyecto fallido, que en atender el dolor de su gente; y otra, como en México, basada en una cultura de Protección Civil, con prevención, oportunidad, solidaridad y, lo más importante, una visión humanista.
En México entendemos la cercanía y la historia que compartimos con Texas, y esa relación se expresó en el apoyo brindado. Sabemos distinguir entre la agresión política y diplomática que hemos sufrido, y la relación afectuosa que tenemos con el pueblo estadounidense, en especial con las y los texanos, con quienes compartimos mucho. Hoy, en Estados Unidos, su gobierno federal guarda silencio, mientras que la solidaridad y el rescate solo hablan español.






