Morena obtiene su registro como partido político

Por: Onel Ortiz @onelortiz

Para escribir este capítulo busqué referencias bibliográficas y hemerográficas sobre el nacimiento formal de Morena como partido político. Entre documentos, notas y fotografías encontré la portada de La Jornada del 9 de julio de 2014. Una imagen llamó especialmente mi atención: Lorenzo Córdova, entonces consejero presidente del Instituto Nacional Electoral, aparece sonriente entregando a Martí Batres, presidente nacional de Morena, la constancia que acreditaba el registro de la nueva organización política. Vista desde el presente, aquella fotografía tiene una carga simbólica. Los personajes que aparecen sonrientes terminarían, pocos años después, enfrentados en disputas políticas e institucionales del sexenio de Andrés Manuel López Obrador.

Conozco a Lorenzo Córdova y a Ciro Murayama desde hace muchos años. Somos prácticamente de la misma generación. Ambos participaron en el movimiento estudiantil surgido alrededor del Consejo Estudiantil Universitario, el CEU, ambos pertenecían a la llamada Corriente para la Reforma Universitaria (CRU). Por aquellos años coincidieron también con personajes como Ulises Lara, Marco Levario Turcott y el propio Martí Batres. Eran tiempos de movilización, discusiones interminables, asambleas y debates sobre la democracia dentro y fuera de la UNAM. Nadie podía imaginar entonces los caminos políticos e institucionales que seguirían quienes formaban parte de aquella generación.

Con Lorenzo Córdova y Ciro Murayama volvería a coincidir años después en el Senado de la República. Lorenzo fue asesor de Graco Ramírez en temas relacionados con la reforma del Estado. Ciro, por su parte, fue director ejecutivo del Instituto Belisario Domínguez por invitación de Miguel Barbosa, antes de convertirse en consejero electoral. Ambos desarrollaron una trayectoria académica e institucional especializada en materia electoral y podrían considerarse integrantes de una segunda generación de expertos electorales, formada bajo la influencia de José Woldenberg y de las reformas que transformaron profundamente el sistema electoral durante las últimas décadas del siglo XX.

Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, uno de los conflictos políticos más intensos fue precisamente el que enfrentó a la Presidencia de la República y a Morena con el Instituto Nacional Electoral. Las diferencias fueron creciendo hasta convertirse en una confrontación abierta sobre el costo de las elecciones, las facultades del organismo electoral, la representación política y el significado mismo de la democracia. Lorenzo Córdova y Ciro Murayama se convirtieron en dos de los principales referentes de aquella disputa hasta que concluyeron sus encargos en el INE. Pero esa es otra historia. Regresemos al 9 de julio de 2014.

Ese día Morena nació jurídicamente como partido político nacional, aunque políticamente llevaba varios años caminando por las calles, plazas, pueblos y comunidades de México. El Consejo General del recién creado Instituto Nacional Electoral aprobó por unanimidad su registro. Junto con Morena obtuvieron también su reconocimiento como partidos nacionales el Partido Humanista y Encuentro Social. Los tres se incorporarían al sistema partidista para competir en las elecciones federales intermedias de 2015. Sin embargo, de aquellas tres organizaciones, solamente Morena estaba destinado a modificar de manera profunda el sistema de partidos mexicano.

La historia formal había comenzado algunos años antes. El Movimiento Regeneración Nacional apareció en 2011 como una organización vinculada al movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Después de la elección presidencial de 2012 y de su salida del PRD, López Obrador impulsó la transformación de Morena en partido político. No se trataba simplemente de solicitar un registro ante la autoridad electoral. Era necesario construir una estructura nacional, realizar asambleas, integrar padrones, cumplir requisitos legales y demostrar que detrás de las siglas existía una organización política con presencia territorial suficiente para convertirse en partido nacional.

El proceso representó una enorme movilización organizativa. Morena acreditó 496 mil 729 militantes y realizó 30 asambleas estatales válidas. Detrás de esas cifras existieron miles de horas de trabajo político. Mujeres y hombres recorrieron colonias, barrios, pueblos, ejidos y comunidades reuniendo afiliaciones, organizando reuniones y explicando las razones para construir un nuevo partido. Esa estructura territorial sería, años después, una de las principales fortalezas electorales de Morena. Mientras otros partidos dependían cada vez más de campañas mediáticas y estructuras profesionales, Morena construía una militancia territorial que acompañaba personalmente a López Obrador.

La sesión del Consejo General del INE de aquel 9 de julio estuvo cargada de simbolismos. Entre los asistentes se encontraban Martí Batres y Bertha Luján, presidente y secretaria general de Morena, respectivamente, además de personajes como José Agustín Ortiz Pinchetti, Jaime Cárdenas y Bernardo Bátiz. Todos ellos provenían de distintas etapas y expresiones de la izquierda mexicana. Algunos habían participado durante décadas en movimientos sociales, organizaciones ciudadanas, gobiernos locales o partidos políticos. Morena comenzaba a reunir bajo una misma organización generaciones y experiencias diferentes que compartían, fundamentalmente, el liderazgo político de Andrés Manuel López Obrador.

Lorenzo Córdova defendió aquel día la incorporación de nuevas organizaciones al sistema de partidos. Su argumento era consistente con la lógica de la transición democrática mexicana: un mayor número de fuerzas políticas podía favorecer una representación más amplia de la pluralidad social y aumentar la competencia por el voto ciudadano. La consolidación democrática, sostuvo, no debía pasar por cerrar las puertas del sistema partidista, sino por abrirlas a nuevas alternativas. El razonamiento resultaba impecable desde la perspectiva institucional. Lo que nadie podía anticipar plenamente era que una de esas nuevas alternativas estaría gobernando México solamente cuatro años después.

Martí Batres calificó el registro como un hecho histórico. No exageraba. Morena no nacía para convertirse en un pequeño partido testimonial ni para negociar posiciones dentro del sistema político. Su objetivo declarado era transformar al país. Batres definió además una tarea inmediata: construir una verdadera oposición después de que, desde la perspectiva lopezobradorista, el Pacto por México había prácticamente eliminado las diferencias entre PRI, PAN y PRD en torno a las principales reformas impulsadas durante el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Ahí se encontraba una de las principales razones políticas para crear Morena. El Pacto por México había colocado al PRD en una contradicción difícil de resolver. Mientras López Obrador denunciaba las reformas estructurales como una restauración del proyecto neoliberal, una parte importante de la dirigencia perredista participaba en negociaciones con el gobierno de Peña Nieto y con los dirigentes nacionales del PRI y del PAN. La reforma energética terminó por profundizar el rompimiento. Para López Obrador, el sistema partidista había dejado prácticamente sin representación institucional a quienes rechazaban el proyecto económico dominante.

Morena pretendía llenar ese espacio. Su objetivo inicial era convertirse en la oposición que, desde su perspectiva, había desaparecido con el Pacto por México. Defender a la población frente a los aumentos de combustibles, combatir la privatización energética, denunciar la corrupción y promover una transformación política mediante mecanismos pacíficos y electorales eran algunos de sus principales planteamientos. Esa definición es importante porque explica la naturaleza original del partido. Morena nació como una organización electoral, sí, pero también como la prolongación institucional de un movimiento social.

Ahí comenzó una nueva etapa. Todo movimiento que decide convertirse en partido enfrenta una contradicción inevitable. Los movimientos viven de la movilización, la espontaneidad, las causas y el liderazgo social. Los partidos necesitan estructuras, estatutos, candidaturas, financiamiento, órganos de dirección, procedimientos internos y disciplina institucional. La transformación de Morena significaba cruzar esa frontera. Ya no bastaría llenar plazas o recorrer el país. Había que presentar candidatos, competir por votos, administrar recursos públicos, integrar órganos partidistas y aceptar las reglas de un sistema electoral que durante años había sido cuestionado por el propio movimiento.

El 15 de septiembre de 2014, apenas dos meses después de obtener el registro, López Obrador pronunció un discurso que visto desde nuestros días adquiere una relevancia especial. Reconoció el esfuerzo realizado por militantes y dirigentes para convertir al movimiento en partido y afirmó que aquel resultado había sido construido “desde abajo y entre todos”. Destacó el trabajo voluntario realizado casa por casa, en colonias, barrios, unidades habitacionales, ejidos, pueblos y comunidades. Para López Obrador, esa militancia constituía la principal riqueza política y moral de la naciente organización.

Su insistencia estaba puesta en las convicciones. Morena debía distinguirse de los partidos tradicionales no solamente por su programa político, sino por el comportamiento de sus integrantes. López Obrador sostenía que mientras la organización conservara ideales y principios podría mantenerse a salvo de los vicios que habían terminado por deteriorar a otras fuerzas políticas. El mensaje contenía una advertencia que, con el paso de los años y la llegada de Morena al poder, adquiriría mayor significado: el peligro para una organización transformadora comienza cuando los cargos sustituyen a las causas y las ambiciones personales desplazan a los principios.

López Obrador fue todavía más explícito. Dijo que no se luchaba por cargos públicos, sino para transformar al país. La frase sintetizaba la doctrina política con la cual pretendía construir Morena. Obtener un cargo, decía, podía resultar relativamente sencillo; lo verdaderamente importante era determinar para qué se quería el poder. Desde su perspectiva, ocupar incluso la Presidencia de la República carecía de sentido si no servía para modificar las condiciones de vida de la población. El poder solamente tenía valor cuando era utilizado para servir a los demás.

También definió entonces lo que entendía por izquierda. Más allá de etiquetas ideológicas o discursos doctrinarios, afirmaba que ser de izquierda significaba tener buenos sentimientos, colocarse del lado de quienes sufren y actuar con honestidad. Un corrupto, sostenía, no podía considerarse de izquierda. Estas afirmaciones formaron parte de la identidad moral inicial de Morena. El partido pretendía diferenciarse del PRI, del PAN e incluso del PRD mediante una idea sencilla pero políticamente poderosa: la política debía recuperar su dimensión ética.

Esta concepción fue fundamental para entender el crecimiento posterior de Morena. El partido no se presentó solamente como una alternativa electoral, sino como una impugnación moral al régimen político existente. La corrupción se convirtió en el elemento articulador de su discurso. López Obrador sostenía que el problema principal de México no era únicamente económico, administrativo o institucional, sino moral. Desde esa perspectiva, combatir la corrupción permitiría liberar recursos públicos, reducir privilegios y reconstruir la confianza entre gobernantes y ciudadanos.

El registro de Morena modificó también la correlación de fuerzas dentro de la izquierda mexicana. Hasta entonces, el PRD había sido durante un cuarto de siglo el principal referente electoral de la izquierda. Fundado en 1989 alrededor del liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas, el partido del sol azteca había reunido a la Corriente Democrática proveniente del PRI, al Partido Mexicano Socialista y a numerosas organizaciones de izquierda. Había gobernado la Ciudad de México desde 1997 y construido importantes bastiones regionales. Sin embargo, la salida de López Obrador y la creación de Morena cambiaron definitivamente esa historia.

Las elecciones de 2015 serían la primera prueba. Morena debía demostrar que podía transformar la enorme popularidad personal de López Obrador en votos para una organización partidista nueva. La pregunta era sencilla: ¿existía Morena más allá de López Obrador? Los resultados demostraron que sí existía una base política suficiente para comenzar una expansión nacional. En su primera elección federal obtuvo más del ocho por ciento de la votación para diputados y consiguió una representación significativa en la Cámara de Diputados. Además, logró resultados particularmente importantes en la Ciudad de México.

Aquella elección confirmó también el desplazamiento progresivo del PRD. Morena comenzó a ocupar espacios territoriales y electorales que durante décadas habían pertenecido al partido del sol azteca. La transferencia no ocurrió solamente entre dirigentes. Miles de militantes, simpatizantes y electores cambiaron de opción política. La izquierda mexicana estaba viviendo una reorganización profunda. Lo que durante años había sido una disputa interna dentro del PRD se convirtió finalmente en una competencia entre dos partidos diferentes. El desenlace sería mucho más rápido de lo que muchos imaginaban.

Entre 2015 y 2018 Morena pasó de ser un partido nuevo a convertirse en la principal fuerza política del país. La velocidad de ese crecimiento resulta excepcional en la historia contemporánea de México. El PRI necesitó décadas para construir su hegemonía; el PAN tardó más de sesenta años desde su fundación en alcanzar la Presidencia de la República; el PRD nunca consiguió ganar una elección presidencial. Morena, en cambio, obtuvo su registro en 2014 y cuatro años después ganó la Presidencia, la mayoría parlamentaria y numerosas posiciones locales.

La elección del 1 de julio de 2018 cambió todo. Andrés Manuel López Obrador ganó la Presidencia con más de treinta millones de votos y Morena pasó de partido opositor a partido gobernante. Esa transformación planteó un desafío mucho más complicado que obtener el registro electoral. Resulta relativamente sencillo mantener principios cuando se está en la oposición. La verdadera prueba comienza cuando se dispone de presupuesto, candidaturas, gobiernos, contratos, posiciones administrativas y capacidad para tomar decisiones. El poder modifica inevitablemente la naturaleza de los partidos.

Por eso vale la pena regresar al discurso de septiembre de 2014. López Obrador advertía que Morena debía mantenerse como un referente moral y que sus militantes no podían moverse por la ambición del dinero ni por el poder por el poder. Doce años después, aquellas palabras deberían ser leídas nuevamente por dirigentes, legisladores, gobernadores, alcaldes y militantes. No como un documento histórico ni como una pieza de propaganda, sino como un espejo frente al cual evaluar cuánto permanece de aquel movimiento original.

Morena enfrenta hoy exactamente el riesgo que han enfrentado todos los partidos exitosos: convertirse en aquello que combatió. El crecimiento acelerado obligó a abrir sus puertas a personajes provenientes del PRI, PAN, PRD y otras organizaciones. Algunos llegaron convencidos por el proyecto político; otros simplemente comprendieron que el centro de gravedad del poder había cambiado. Como ocurrió anteriormente con otros partidos dominantes, alrededor de Morena comenzaron a reunirse convicciones auténticas, intereses políticos, aspiraciones personales y oportunismos.

No debería sorprendernos. Los partidos políticos no son comunidades de santos ni organizaciones integradas exclusivamente por idealistas. Son instrumentos para disputar y ejercer el poder. Precisamente por eso requieren reglas, contrapesos, procedimientos democráticos y una cultura política capaz de impedir que las ambiciones individuales terminen imponiéndose sobre el proyecto colectivo. La mística puede fundar un movimiento, pero no basta para gobernar un partido durante décadas. Cuando desaparece el liderazgo fundador, las instituciones internas adquieren una importancia decisiva.

Ahí se encuentra probablemente el mayor desafío histórico de Morena. López Obrador construyó el movimiento, recorrió durante años todos los municipios del país y proporcionó una identidad política que unificó corrientes y personajes muy distintos. Pero ningún partido puede depender indefinidamente de un solo liderazgo. La verdadera institucionalización comienza cuando una organización demuestra que puede resolver sus diferencias, seleccionar candidatos, renovar dirigencias y mantener cohesión sin la intervención permanente de su fundador.

La historia mexicana ofrece suficientes advertencias. El PRI convirtió la institucionalización en una formidable maquinaria de control político, pero terminó perdiendo su capacidad para representar a una sociedad cada vez más plural. El PRD nació como una esperanza democrática y terminó consumido por luchas entre corrientes, burocratización y disputas por candidaturas y recursos. El PAN llegó a la Presidencia después de décadas de oposición y perdió buena parte de su identidad durante el ejercicio del gobierno. Ningún partido está vacunado contra la erosión producida por el poder.

Por eso el 9 de julio de 2014 debe entenderse como algo más que una fecha administrativa. Ese día comenzó formalmente una nueva etapa de la izquierda mexicana y, probablemente sin saberlo plenamente quienes estaban presentes en aquella sesión del INE, comenzó también la transformación del sistema de partidos surgido durante la transición democrática. Morena no sería una fuerza adicional dentro del tablero político. Terminaría cambiando el tablero completo. El sistema tripartidista PRI-PAN-PRD que había dominado durante décadas comenzó entonces su proceso definitivo de descomposición.

Resulta inevitable regresar a aquella fotografía. Lorenzo Córdova entregando sonriente la constancia a Martí Batres. El presidente del INE dando la bienvenida institucional al partido que cuatro años después conquistaría la Presidencia y que posteriormente protagonizaría una larga confrontación con el propio órgano electoral. La política tiene esas ironías. Las instituciones democráticas permitieron el nacimiento y crecimiento de una fuerza política que posteriormente cuestionaría profundamente el funcionamiento, costo y comportamiento de esas mismas instituciones.

Pero precisamente ahí reside una de las enseñanzas fundamentales de la democracia. Los sistemas políticos deben permitir la entrada de fuerzas capaces de cuestionarlos. Lorenzo Córdova tenía razón aquel 9 de julio cuando sostuvo que cerrar las puertas del sistema de partidos debilita la representación política. Morena también tenía razones para cuestionar las limitaciones de una transición que había generado alternancia electoral sin resolver problemas profundos de desigualdad, corrupción y concentración del poder económico. Ambas historias terminaron chocando algunos años después.

Aquel Morena de 2014 era pequeño en estructura institucional, pero enorme en expectativas. Tenía menos cargos, menos recursos y menos conflictos internos. Su principal capital estaba formado por cientos de miles de ciudadanos convencidos de que podían transformar al país mediante la organización política y la vía electoral. Diez años después de su registro ya era el partido dominante del sistema político mexicano. Esa extraordinaria transformación constituye su mayor éxito, pero también el origen de sus principales riesgos.

Porque ganar elecciones no garantiza transformar un país y conservar el poder tampoco garantiza conservar los principios. Morena nació diciendo que no luchaba por cargos, que el poder solamente tenía sentido cuando se ponía al servicio de los demás y que un corrupto no podía ser considerado de izquierda. Esas afirmaciones establecieron una vara muy alta para medir su actuación. La congruencia política consiste precisamente en aceptar ser evaluado conforme a los principios que uno mismo proclamó cuando todavía no tenía el poder.

El 9 de julio de 2014 Morena obtuvo una constancia. En realidad consiguió algo mucho más importante: la posibilidad legal de convertir un movimiento social en una alternativa de gobierno. Cuatro años después alcanzaría la Presidencia de la República. Después conquistaría gubernaturas, congresos, municipios y una enorme presencia territorial. La organización que nació para combatir al régimen terminó convirtiéndose en el centro del nuevo sistema político mexicano. Ese tránsito representa una de las transformaciones partidistas más importantes de nuestra historia reciente.

La pregunta hacia adelante ya no consiste en saber si Morena puede ganar elecciones. Eso quedó demostrado ampliamente. Tampoco consiste en saber si puede gobernar, porque lleva años haciéndolo en la Federación, los estados y los municipios. La pregunta fundamental es otra: ¿podrá Morena institucionalizarse sin perder la mística que hizo posible su nacimiento? ¿Podrá seguir siendo movimiento cuando ya es gobierno? ¿Podrá evitar que la lucha por candidaturas sustituya a la lucha por las causas? ¿Podrá conservar su identidad cuando el liderazgo de López Obrador pertenece ya a otra etapa?

Aquella tarde del 15 de septiembre de 2014, López Obrador dijo que Morena debía seguir siendo “un referente moral”. Probablemente ahí se encuentra la clave para juzgar su futuro. Los partidos nacen, crecen, gobiernan y eventualmente desaparecen. Ninguno tiene garantizada la permanencia. Su destino depende de su capacidad para conservar la confianza de los ciudadanos y para mantener una relación coherente entre lo que prometieron cuando buscaban el poder y lo que hacen cuando finalmente lo ejercen.

El registro de Morena fue, por tanto, el final de una etapa y el principio de otra. Terminaba la fase en la que el lopezobradorismo podía existir fundamentalmente como movimiento y comenzaba la construcción de una institución política sometida a reglas, elecciones y responsabilidades públicas. Morena dejó de ser únicamente una expresión de resistencia para convertirse en una organización destinada a disputar el poder. Después vendrían 2015, 2018, la Presidencia de López Obrador, la expansión territorial y la continuidad del proyecto con Claudia Sheinbaum. Pero todo eso todavía estaba por escribirse.

En la fotografía de aquel 9 de julio nadie conocía el desenlace. Lorenzo Córdova sonreía, Martí Batres recibía la constancia y Morena comenzaba oficialmente su existencia como partido político nacional. Habían conseguido 496 mil 729 afiliados y celebrado 30 asambleas estatales válidas. Parecían cifras importantes, pero eran apenas el comienzo. Cuatro años después, más de treinta millones de mexicanos votarían por López Obrador. La historia había comenzado a moverse mucho más rápido de lo que cualquiera de los protagonistas de aquella fotografía podía imaginar.

Morena nació como partido aquel día, pero su verdadera historia había comenzado mucho antes, en las campañas, las plazas públicas, la resistencia civil, las derrotas electorales y los recorridos interminables de López Obrador por el territorio nacional. El registro convirtió esa historia social en una institución política. Ahora el desafío es inverso: impedir que la institución termine devorando al movimiento que le dio origen. Porque las organizaciones políticas no desaparecen solamente cuando pierden elecciones. También pueden perder su razón de ser cuando olvidan por qué nacieron.

La historia de Morena demuestra que ningún sistema político es inmutable. En julio de 2014 parecía difícil imaginar que un partido recién registrado pudiera conquistar el gobierno federal cuatro años después y transformar por completo el mapa político nacional. Ocurrió. Esa experiencia debería servir también como advertencia para el propio Morena. Ninguna mayoría es eterna y ninguna hegemonía es irreversible. El mismo voto ciudadano que derrumbó al viejo sistema puede modificar nuevamente la correlación de fuerzas si considera que quienes llegaron para transformar terminaron acomodándose al poder.

Por eso, cuando observo nuevamente aquella fotografía de La Jornada, pienso que el verdadero significado del 9 de julio de 2014 no está en la constancia que Lorenzo Córdova entregó a Martí Batres. Está en lo que aquella hoja representaba: el paso de la protesta a la organización, del movimiento al partido, de las plazas a las urnas y de la resistencia a la posibilidad real de gobernar. Morena iniciaba ese día otra etapa. La primera terminó con la conquista del poder. La segunda, mucho más difícil, consiste en demostrar que el poder puede ejercerse sin olvidar los principios que hicieron posible conquistarlo. Esa historia todavía se está escribiendo.

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