Tres días después de que un potente terremoto sacudiera el este de Afganistán, los habitantes de las aldeas más remotas y montañosas continúan esperando desesperadamente la llegada de ayuda humanitaria, mientras el número de víctimas del seísmo asciende a al menos 1.469 fallecidos y más de 3.500 heridos.
El terremoto, de magnitud 6 y ocurrido alrededor de la medianoche del domingo, azotó con especial dureza la remota provincia de Kunar, aunque las vecinas Nangarhar y Laghman, en la frontera con Pakistán, también resultaron gravemente afectadas. El martes, un nuevo temblor sembró el pánico entre una población ya devastada.
El acceso a las víctimas se ha convertido en el mayor desafío. Los deslizamientos de tierra han bloqueado carreteras y aislado por completo a muchas comunidades montañosas. La ONG Save the Children reportó que uno de sus equipos tuvo que caminar 20 kilómetros transportando equipos médicos a la espalda para alcanzar un pueblo inaccesible. “Algunas localidades aún no han recibido ayuda”, reconoció Ijaz Ulhaq Yaad, un alto funcionario local.
El miedo a las réplicas ha obligado a los supervivientes a dormir a la intemperie.
La crisis llega en el “peor momento” para Afganistán, según advierten las organizaciones humanitarias y la ONU. La reducción de la asistencia internacional ha mermado la capacidad de respuesta en uno de los países más pobres del mundo. “Los servicios públicos ya están al límite”, explicó Srikanta Misra, directora nacional de ActionAid, que calificó las labores de ayuda de “carrera contrarreloj”.
Hasta el momento, las autoridades talibanas no han anunciado un plan de respuesta que incluya ayuda financiera para los damnificados, una estrategia de realojamiento o, a largo plazo, la reconstrucción.






